Montañas de Ecuador. Objetivo 6000.

Durante la segunda quincena de Enero de 2012 viajé a Ecuador para practicar andinismo (y turismo étnico-cultural entre volcán y volcán). Esta fue mi primera experiencia sudamericana y mi primera tentativa de superar los 6000 m; buenos motivos para contratar un viaje organizado junto con otras dos personas. Mendiak eta Herriak nos hizo de mediador con Rafa Martínez, nuestro guía ecuatoriano. Un viaje chulo, sin sobresaltos ni problemas, a un país cuyo nivel de vida es, por supuesto, mucho más bajo que el nuestro, pero que en ningún momento me dejó sensación de pobreza; esto en parte podría explicarse porque no visitamos los lugares menos agradables, que ciertamente existen en la periferia de Quito, pero en cualquier caso me llevé la impresión de un país que puede visitarse de por libre con un razonable nivel de seguridad (de por libre no significa necesariamente alquilando un coche… los ecuatorianos no defraudaron mis expectativas en lo que a forma de conducir se refiere, toda una experiencia por sí misma). Habrá que volver, porque en quince días sólo pudimos cubrir una zona relativamente pequeña, centrada en la Sierra, pero la Selva apenas la intuimos y la Costa no la pisamos. Desde el punto de vista montañero, nos fuimos con casi todo lo previsto en el bolsillo… salvo el “Chimbo”. Será todo lo fácil que se quiera desde el punto de vista técnico, pero los 6310 m son 1500 más que los del Mont-Blanc, y esto se nota.

En próximas entradas iré contando los detalles…

Tor des Geants. Algo más?

Definamos algunos términos

Reto deportivo. De primer orden para cualquier aficionado a la montaña. Se requiere resistencia física, fisiológica y mental. Hay quen dice que el coco lo es casi todo. Yo creo que es esencial, por lo menos si no se es un crack de esos que lo hacen en 80, 90, 100 ó 120 horas. Pero el cuerpo no debe fallar, y tampoco conviene forzarlo.

El cuerpo. Descubrimos que su capacidad de aguante es sorprendentemente mayor de lo que habríamos pensado. Y cualquier atleta-montañero avezado con un rendimiento medio o medio-alto puede terminar esta prueba, Yo lo he hecho y soy de lo más “corrientito”. Pero hay que ir bien preparado, tener una pizca de suerte y sobre todo saber renunciar si reconocemos que hemos pasado el límite y comenzamos a hacernos daño.

El sufrimiento. Aunque un relato del Tor necesita del dolor para adquirir ese tono épico tan favorecedor, tengo que reconocer que el sufrimiento que describo a posteriori es bastante mayor que el que sentí allí, in situ. No quiero decir que haya exagerado, he intentado ser lo más preciso posible, pero mi percepción subjetiva del dolor durante la carrera fue sorprendentemente liviana. Las ampollas dolían, y mucho. pero nunca tuve la impresión de que tuviera algo realmente grave ni de que mi salud peligrara. Esta convicción atenuó mucho la sensación de sufrimiento, rebajándola con frecuencia a mero fastidio.

La táctica. Es bueno estudiar el recorrido, yo no me esmeré lo suficiente y tuve que arrepentirme. Es bueno prever problemas que puedan surgir más allá de nuestras debilidades habituales, porque 330 km son muchos y 150 horas muy pocas. A mí se me “olvidó” que las ampollas pueden suponer un enorme fastidio. Es bueno no subestimar esos pequeños traumatismos que normalmente no irían a más, pero que con 250 km por delante pueden volverse un gran problema. Acabé lesionado del tobillo izquierdo por una inocente patada a una piedra que ni me acuerdo dónde fue. Y es bueno prever un plan de etapas y paradas, pero más aún ser flexibles y saber que probablemente haya que improvisar sobre la marcha.

Compañerismo. Absoluto, fabuloso, lo más grande de esta prueba. Quizá sea que la dureza acentúa la solidaridad, que el ser relativamente pocos evita los agobios propios de carreras más multitudinarias, o que cuando llegas a cierto nivel de fatiga los sentidos se avivan. Da igual. Y el compañerismo no sólo se da entre los corredores, sino también, aunque lógicamente a distinto nivel, entre corredores y voluntarios y con el público, la gente del camino.

 

Han pasado dos meses desde la gran aventura. Feliz de haberla acabado, y sin ninguna secuela de salud. Después de este logro experimenté un curioso sentimiento, y es que ya no me llamaban la atención otros trails, incluido la “referencia mundial”, el UTMB. Era como si después del Tor cosas más “pequeñas” no me interesaran. Y de hecho, aunque muy satisfecho por la experiencia, tampoco sentía la necesidad de volver al Tor. Digamos que ya había conseguido la “hazaña”, y de paso había descubierto tantos parajes hasta entonces desconocidos. Estas motivaciones ya no podrían funcionar igual en un hipotético retorno.

Pero ahora no lo veo tan claro. Claro está que en primer lugar tendría que haber edición 2012 del Tor, cosa probable pero no segura, en segundo lugar tendría que conseguir plaza, y en tercero mis circunstancias personales en sepiembre de 2012 podrían cambiar e impedirme participar. Y el caso es que sí me tienta volver, sé que el Tor me deparará sorpresas y nuevas sensaciones que compensarán la “desmotivación” de tenerlo ya en el currículum. Y que la experiencia adquirida me podría facilitar una carrera más “cómoda”, una forma diferente de degustarla. Mejorar mi tiempo de este año me resulta indiferente.

Así que ya veremos. Nada hay decidido, pero no cabe duda. El Tor “tiene duende”.

Tor des Geants 2011. Gran final

En muy poco tiempo había pasado de verme fuera de carrera a un cierto optimismo. El ambiente en la base vita era desenfadado. El “pelotón de los torpes” ya se estaba formando, los escobas listos para salir. La chica a quien había adelantado al final de la bajada hacia Ollomont no acababa de decidirse, pero al final optó por la retirada. Risas, bromas, ánimos… Luisa me promete que irá a esperarme al Bertone para compartir los últimos kilómetros. En nuestro grupito están Massimiliano, Flavio y algún otro. Nada más salir atacamos la primera cuesta; los escobas nos mienten diciéndonos, prácticamente, que la última etapa es un trámite, que casi seguro que llegamos. Me confirman que el puerto que estamos subiendo es el Champillon, que hay un refugio poco antes de coronar y que después es “fácil”, sólo queda la Malatrà. Yo había revisado las estadísticas del año anterior y sólo había encontrado un corredor que se hubiera retirado en el transcurso de la última etapa; quizás me equivoqué, miré mal, o a lo mejor era cierto, pero la idea de que la última etapa la supera todo el mundo conviene sacársela de la cabeza. Para empezar, cuando la pendiente se pone seria nos topamos con un corredor que llega en sentido contrario, con intención de abandonar, y al poco uno de nuestro grupo hace lo mismo. Las fuerzas se han agotado, la frustración debe de ser enorme.

Toda la parte baja del collado discurre por un tupido bosque, con lo que la oscuridad cae aún más rápido y nos obliga a encender las frontales. En un claro gozamos de una breve vista de las cumbres del macizo del Combin; es casi de noche y el cielo se ha cubierto. Al poco rato empieza a llover, y yo nuevamente noto que me duermo. Es la tercera base vita que me salto sin dormir, y arrastro un déficit de sueño enorme. Desde hacía un buen rato que iba el segundo del grupo, justo detrás de la única fémina, a quien sus compañeros de la escoba llevaban tomando el pelo desde que salimos; el comentario facilón estaba cantado… Pero no, yo no mantenía la estabilidad fijando la mirada en su trasero (y la verdad es que lo empinado del camino me facilitaba mucho dicha perspectiva). Había por ahí mucha raíz y mucha piedra traicionera, por tanto yo mayormente miraba al suelo.

Absoluta negrura, ocasionalmente rasgada por algún lejano relámpago. Y así yo debía sostener una lucha brutal con mi cerebro, que se empeñaba en apagarse, que reclamaba despiadadamente el descanso. Por fin habíamos salido del bosque, nos aproximábamos a unas cabañas de pastores y la ruta transcurría un buen rato por una pista ancha; el cuerpo se me iba y tendía a dar bandazos. Uno de los escobas me presta su bastón, de modo que yo pueda disponer de un par y mantener mejor la estabilidad. En una de las conversaciones mantenidas por radio les oigo decir que todos van bien… salvo yo. Aunque tienen claro que no se trata de una crisis de agotamiento, sino de sueño. Me animan, me dicen que queda poco el refugio, allí podré dormir. Pero este está más de1000 metrospor encima del valle, es decir más que el Alpenzú y que el Barmasse; se me hace muy largo, pero por supuesto acaba llegando. Como había pasado siempre a lo largo del Tor, todo llega…

Me habían avisado de que allí trabajaba un chico español, de Valencia si no recuerdo mal, y cuando entré allí estaba, pero el recuerdo es muy brumoso. Yo iba zombi y no quería comer, sólo una cama. La acogida fue correcta, pero no me pareció tan cálida como en otros lugares, quizás fuera que mi percepción estaba embotada. Mientras esperaba, Massimiliano volvió a comentar que el preferiría seguir, que no quería perder tiempo porque su rodilla le iba a hacer pasarlo muy mal en las bajadas. Cuando por fin pude echarme a dormir tenía la idea de que la patrulla escoba iba a dividirse. Y cuando me despertaron lo confirmé. Dos escobas, incluyendo el que me había prestado el bastón, habían proseguido con Massimiliano, y otros dos nos estaban esperando a Flavio (quien también se había echado una siestecilla) y a mí (que había vuelto a padecer dolores en mi pierna izquierda y no había podido descansar del todo bien). Creo recordar que tomé algo caliente antes de salir. No gran cosa, había prisa por coronar el penúltimo collado del Tor

La enforcadura del col Champillon se perfilaba clara en una oscuridad ya no tan intensa una vez que hubo pasado  la tormenta. Hacia allá se dirigía nuestro cuarteto, a paso modesto pero regular. Yo estaba contento, había conseguido despejarme un poco y volvía a ver la carrera con cierto optimismo.

Colle Champillon. Más de 2700 m. Ante nosotros se abren amplios paisajes. Abajo a la izquierda hay muchas luces. Es la civilización. Por la derecha en cambio solo hay más montañas. Debo reconocer que el descenso es cómodo, y pienso en lo rápido que podríamos ir si no fuera por el “bloqueo” que tengo en los pies, y lo peor es que además de las ampollas el dolor en el tobillo va a más. No había tenido problemas para ponerme las botas en el refugio, pero calculaba que debía de estar más hinchado. Nuestro grupo permanece unido, pero tengo la impresión de que Flavio, pese a sus problemas de rodilla, podría hacer algo más. Me siento un poco mal. Se hace largo, aunque no tanto como en el col Brisson. Fnalmente entramos en una zona más resguardada, nos aproximamos al fondo del valle y entramos en bosque. Desde hace un buen rato me llevan diciendo que ya llegamos al avituallamiento y a la pista. Y por fin… Dentro de la cabaña, sentados en torno a la mesa y bien calentitos se está de maravilla. Casi me apalanco. La alegría por haber superado una bajada más me abre el apetito, me tomo una sopa que me sabe a gloria y ataco los platillos de embutidos. Sé que soy el último y que podría comerme todo lo que allí había, pero es que me da vergüenza. Una loncha tras otra, como quien no quiere la cosa, me estoy zampando un cerdo entero. Me tomo el antiinflamatorio que me pasó el médico en Ollomont…Flavio no parece muy hambriento y frente a mí tengo otro corredor que hemos encontrado varado aquí. Debe de ser americano, está pálido, tiene mal de estómago. Este no come nada, de pronto se levanta, sale fuera y vomita. Sé demasiado bien cómo se siente y que en esas condiciones no apetece hablar ni que te hagan preguntas estúpidas del tipo “¿cómo estás?”. Pienso que es muy mala suerte que te dé la crisis de esta forma justo al final, y es que a éste no recordaba haberlo visto, durante la carrera debió de ir siempre bastante por delante de mí. Tantas veces he visto cómo otros comían y comían en el avituallamiento mientras a mí se me retorcían las tripas, y  ahora me encontraba en la posición contraria…

Uno de los voluntarios comentó que ya iba siendo hora de que nos fuéramos, porque hasta St. Rhemy nos quedarían unas 3 horas y hasta el control de Merdeux al menos 2 y media… Naturalmente yo no había mirado el mapa y no sabía bien dónde quedaba el control. Uno de los escobas, al principio de la etapa, me había dicho que en la base de la Malatrà, pero no iba a tardar en enterarme que no era en la base, sino a mitad de la subida, lo que cambiaba ligeramente las cosas… Sólo tenía claro que la hora límite era la 8 de la mañana. En aquellos momentos suponía que yendo con los escobas iba seguro, que ellos me marcarían el ritmo apropiado para llegar; sin embargo al final resultó que no lo supieron gestionar como se esperaba de ellos, y alguna crítica se debió de escuchar entre organizadores y otros voluntarios. Bueno, pues el caso es que salimos, íbamos los cuatro más el guiri y otro de los escobas que nos había esperado en el control. Cruzamos el río, tomamos una primera pista, afrontamos un rampón brutal campo a través, afortunadamente breve, y ya cogimos una cómoda pista. Yo intentaba marcar ritmo ligero, así que cogí un poco de delantera. Al principio me acompañaba la chica de la escoba. Luego hubo parón, reunión, volvimos a salir… A veces nos deteníamos por ver si llegaban los otros.  Como he dicho reinaba cierta confusión y los escobas no parecían tener clara la táctica a seguir con nosotros. Finalmente acabamos Flavio y yo solos en cabeza, a un ritmo bastante bueno. Fue en este punto cuando empecé a notar que el sueño volvía a atacarme, así que ingerí una dosis de bebida energética con cafeína. Pero antes de que pasara a mayores mi nuevo compañero “cascó”. Minutos antes al preguntarle qué tal iba me había respondido que no muy bien, y me sorprendió, ya que caminaba sin aparentes problemas. Y de repente, se detiene. Con una serenidad y una resignación que me sorprendieron sentenció “No puedo seguir”. Llegó la chica de la escoba, que a su vez nos hizo esperar al jefe de la patrulla, que traía un botiquí que podía ser útil. Flavio me decía que me marchara, que no perdiera tiempo, pero yo quería esperarle, no acababa de creer que realmente no pudiera dar un paso más. Mas el diagnóstico del jefe de la patrulla confirmó que aquella rodilla no daba para más. Fuera la radio y a avisar para que vinieran con el todoterreno a sacarlo de allí. El comentario fue más o menos que tenemos a tres corredores que van mal y creo que tendrán que abandonar. Y a Flavio le faltó tiempo para decir “todos no, Victor va bien”. Joder, casi me emociono. Aún aguardé un poco, pero no había nada que hacer. Los escobas me dicen que me vaya, que ellos se quedan allí. Una lacónica y triste despedida, y me zambullo en la oscuridad. La pista prosigue, ancha y fácil, en suave descenso, por el interior del bosque. Las luces del mundo continúan a mi izquierda, e imagino que allí tendré que llegar en algún momento. Y seguramente fuera la comodidad del terreno, la total ausencia de peligros, lo que facilitó que el sueño terminara por adueñarse de mi cerebro, totalmente. Casi me quedo dormido caminando. Muchas veces, con honda rabia porque el terreno habría sido tremendamente favorable para recuperar tiempo, incluso correr, tuve que ralentizar exageradamente mi marcha, hasta detenerme. Sacudir la cabeza, esforzarme en mantener los ojos muy abiertos, no tanto por evitar tropezar e irme al suelo (que también, aunque aquello era una autopista en la que se podía ir con piloto automático), sino por no perder los banderines. Una falta de atención en un momento en que la ruta se saliera de la pista principal, la oscuridad, un banderín que no viera… y adiós Tor. Ya no tenía margen de error. De vez en cuando me entraba el miedo, hacía mucho que no veía ninguna señal. Entonces me detenía  y esperaba durante un tiempo largo, muy largo, pero no tenía otra… hasta ver aparecer una sombra al fondo. Vale, voy bien. La sombra era la del guiri, que iba peor que yo, así que tampoco me garantizaba al 100%  que no estuviéramos los dos perdidos y enfilando el desatre, pero reducía las probabilidades. Así que yo seguía andando y al rato una banderita amarilla me inoculaba un chute de felicidad. El caso es que ya había bajado bastante y según el altímetro tendría que estar llegando a St. Rhemy… salvo que hubiera subidas sorpresa. Pero no las hubo, afortunadamente.

La pista empieza a bajar de forma más pronunciada e intercepta una carretera asfaltada! Debe de ser la del Gran San Bernardo. Lo mejor es que las señales indican que hay que cruzarla y entrar en el pueblo, sí, en el pueblo! Imagino que debe de ser St. Rhemy. Está muy iluminado, pero en absoluto silencio, hay una fuente y carteles indicadores del Tor. El control debe de estar ya aquí mismo, no va mal, creo recordar que eran las cinco y diez o y cuarto. Todo está silencioso, pero es normal, sólo quedamos el guiri y yo, no era de esperar un avituallamiento muy concurrido. Las flechas indican que hay que tomar una calle a la izquierda, vale, ahora sí que estoy llegando!

NADA!!! Y el pueblo se acaba aquí. Hay una bonita explanada donde cabe divinamente un avituallamiento, pero no hay NADA. Las flechas indican a la izquierda, por una estrecha pista que desciende hacia unas lejanas luces allá abajo, pero todo vuelve a estar oscuro. En este momento recuerdo un mail que nos envió la organización y al que apenas presté atención. Recordaba que decían que en St. Rhemy-Bosses habían cambiado la ubicación del avituallamiento y que suponía añadir 2,5 km más. Joder, pues iba a ser esto! Me lanzo enrabietado hacia abajo, ahora no me agobian los dolores, sino la ansiedad por llegar al control y poder calcular de cuánto tiempo dispongo para alcanzar la barrera horaria de Merdeux. Unos potentes faros detrás de mí y el ruido de motor me hacen echarme a la derecha. Mientras espero que me adelanten lanzo una fugaz mirada al interior del todoterreno y me parece reconocer las barbas del guiri en el asiento de atrás. Así que soy el último, ahora de verdad. Algunas casas aisladas me anuncian que estoy entrando en un nuevo pueblo, así que tengo que encontrarme el avituallamiento YA! Mirando hacia arriba distingo carreteras en las montañas e intento adivinar por dónde irá la última subida.

Una calle, y otra, y otra, y que sigo bajando, y que esto no termina nunca. Ni un alma. Por fin me meto por una calle señalizada como sin salida y ahí al fondo está el control, con un avituallamiento bien surtido. Me hago controlar y, nerviosísimo, porque son las seis menos cinco, pregunto cuánto queda hasta la barrera horaria.

“TRES HORAS”!!!!!

“Queeeè??!! Pero cuántos kilómetros hay?

El voluntario, siempre sonriendo, me indica el cartel que tenía delante de mis narices y en el que, con los nervios, no había reparado. Ahí estaba el perfil del sector hasta Merdeux. Más de 7,5 km y setecientos y pico metros de desnivel.

“Quieres tomar algo? Y la verdad es que un café me habría venido bien. Tengo la impresión de que el chaval da por hecho que voy a abandonar y que, por tanto, tengo tiempo para descansar y reponerme. “No, no, salgo ya, que voy a intentar llegar dentro de control” Hago ademán de salir en dirección contraria a la correcta y un tío de barbas cuyo rostro me resultaba vagamente familiar me indica la dirección correcta. Su sonrisa es franca, amable y… compasiva. Tengo la impresión de que allí nadie da un duro por mí. Y de hecho, cuando días después consulté el tiempo de paso por este control del último del año pasado era de media hora menos que el mío (igual que el de mi predecesor inmediato, que acabaría siendo el farolillo rojo de esta edición). No podía creerme lo que estaba pasando. Un error de cálculo, un exceso de confianza en los kilómetros anteriores… , y como resultado, a falta de sólo 30 km a meta me encontraba en la situación más apurada de todo el Tor. Como se suele decir, podía morir en la orilla, en la última barrera horaria. Era ahora o nunca, y consciente de que  debía quemar mis últimas energías para llegar como fuera al control de Merdeux, metí la marcha “dura”. Bien sabía que mi cuerpo me daba para eso, que en un entrenamiento no me costaría demasiado completar un tramo así en dos horas. Noche aún. Callejeo por pequeños núcleos de población. Una fuente deliciosa, no puedo resisitirme, un trago rápido. Luz tenue de farolas perezosas. Un cruce en el que dudo durante medio minuto, anhelando la banderita que conjure el peligro de equivocar ruta. Atravieso un campo de labor, la hierba oscura ya verdea con el primer atisbo del alba. El sexto amanecer en la montaña. Lejos quedan los cinco anteriores, en el casco urbano de Valgrisenche, atravesando los bosques tristones sobre Lillaz, adivinando el Sol tras las crestas del Coda, en la subida bonachona del colle Pinter, y el más sobrecogedor de todos, desde el refugio Reboulaz hacia las Cimas Blancas. El sexto amanecer llegó teñido de una luz sucia que presagiaba la lluvia que llegaría en pocas horas. Y esa luz alumbraba una ladera amplia y verdísima coronada por imponentes crestas grisáceas. Allà estaba la Malatrà, y más allá , aún invisible y guardando su revelación para el último metro de los casi 3000 del puerto, el Rey, el Monte Bianco, dominando nuestra particular Tierra Prometida: Courmayeur.

Y la pendiente fuerte me cansa y me enfervoriza cuando el altímetro sube y sube, y con él mis esperanzas. Llego a un alpe poco antes de las siete. Merdeux inferior, mil novecientos y muchos metros, casi 2000. El ladrido de un perro me sobresalta y dudo por dónde pasar entre las casas. Aparece un viejecillo enjuto y barbudo “Por aquí, es por aquí”. Y yo formulo la pregunta del miedo, apretando los puños, reconcomido por la ilusión y la rabia. “¿Me da tiempo a llegar  a Merdeux en una hora?” La respuesta, asombrosa: “Sí, sin problemas”. No puede ser tan fácil, y o bien este hombre es un excelente andarían o bien me ha soltado una mentira piadosa. Pero no hay tiempo. Arriba, arriba. Enseguida llego a un cruce de pistas y para mi desesperación la marcada no es la que sube, me toca iniciar un flanqueo en falso llano. A lo lejos (y parece muy lejos, pero ya he aprendido a no dejarme avasallar por las apariencias), en la ladera se divisan dos repisas; la superior está demasiado alta, eso son lo menos 2500 m. La de abajo, donde distingo algunas edificaciones y donde parece terminar la pista que escala allá a la derecha, ésa tiene que ser, el control tiene que estar ahí. Voy rápido, pero apenas gano altura, enfilo el torrente al otro lado del cual se eleva la ladera que me llevará hasta…, hasta dónde, por Dios?

Y por fin llego, cruzo el río y el camino vuelve a subir decidido. Hierba, alguna espiga, barro, a veces mucho barro. Mi objetivo está a la vista, y tengo casi cuarenta minutos para llegar. Abro la boca para coger más aire, empiezo a despreocuparme de las banderitas y del camino, que a veces se pierde y a veces se multiplica en trazas confusas, y con frecuencia ataco la pendiente en línea recta. Lanzado, agotando, ahora sí, las últimas reservas de glucógeno en una explosión terminal de potencia aeróbica. Voy en manga corta y el aire frío que aspiro a bocanadas me está helando la garganta, pero sólo levanto la mirada del suelo para fijarla en mi objetivo cada vez más próximo. Cerca del final vuelvo atrás la vista y veo abajo algunas personas subiendo a gran velocidad; confuso, pienso que puedan ser corredores, pero van demasiado rápidos. Me doy cuenta de que están retirando banderitas, así que debe de ser la nueva escoba.

Por mi reloj son las 7.56 y toco la fachada de una de las granjas. Increíble. He entrado en el alpe a la izquierda del camino balizado. Encuentro gente, y reconozco al “barbas” de Bosses, que de nuevo sonriéndome, me confirma que LO HE CONSEGUIDO. “Tranquilo, estás en tiempo”. Resoplando pero feliz entro en la granja donde está instalado el muy rudimentario control, es manual. Ahora es momento de descansar un poco, sentarme en un banco, abrigarme y saborear una victoria para la que tendré que sufrir aún bastante pero que ahora me parece asombrosamente cercana. Creo que aún no soy consciente de lo que estoy a punto de hacer. Ocho horas. Las últimas ocho horas. El sol asoma y empieza a calentar tímidamente.

He encontrado aquí a Massimiliano y a otro corredor a quien no conocía: Gianni, futura maglia nera. La patrulla escoba es numerosa. Se preparan para partir, yo decido salir un poco antes, me siento bastante bien. He aquí la segunda y decisiva parte de la Malatrà. Me marco de nuevo el ritmo lento que tan bien me ha funcionado otras veces, y al principio todo parece funcionar. Aprovecho un escalón para sentarme y comer la naranja heredada del control del colle Vesonnaz. Que está muy buena. El sol me da en la cara y me alcanza la patrulla escoba, a la que me uno. Massimiliano y Gianni van justitos, el rostro tenso en una mueca de sufrimiento. Hierba alta agitada por el viento. Todavía ese olor característico a… merdeux. Pasado un rellano, Massimiliano sufre, se descuelga, la pendiente le puede. Los escobas le jalean, le animan, le gritan “grande”, pero al mismo tiempo le azuzan para que no se detenga. Aquí el cambio de actitud de los escobas era patente. Hasta aquí se comportaban de modo muy “profesional”, frecuentemente dejándonos solos en el silencio de nuestras sensaciones y pensamientos. Respetando nuestras paradas y nuestros desfondamientos, deteniéndose a nuestro lado sin agobiar. Pero ahora la sobriedad había dejado espacio a la expansividad de verdaderos tifosi, al parloteo continuo y desenfadado, y a un espoleo amable pero despiadado. Nos repetían que aún quedaba mucho, y que ocho horas no era tanto como parecía.

Se me había metido en la cabeza que el col Malatrá tenía 2800 y pico metros. Así, cuando mi altímetro estaba a punto de alcanzar esa cota 2800 y el camino perdía pendiente, creí que quedaba poco, pero había algo raro. Y llegando a un nuevo, y muy amplio rellano, descubrí un panorama bellísimo, pero el colle no estaba. Coronando los verdes prados, agujas abruptas, cumbres, el viejo conocido colle Liconi allá a la izquierda y e frente una cresta afilada sobre una imponente placa grisácea. Y eccolà, ahí estaba el truco. Ese senderillo que cortaba longitudinalmente la mencionada placa, y que lejos a la izquierda giraba 90º para atacar frontalmente la acanaladura que conducía a la estrecha ventanita del puerto. La pendiente no era dura, el desnivel no más de 150 m y el sendero bueno, aunque estrecho. Pero aquella placa gris se llevó mis últimas fuerzas. De repente, simplemente, me derrumbé. Fue poner el pie en ella y sentir que cada paso me suponía un esfuerzo enorme, que me sentía vacío, que mis pulmones aspiraban desesperadamente el oxígeno que mi cuerpo demandaba para quemar un combustible que ya no estaba. Dejémonos de lirismos, un pajarón de libro, una hipoglucemia en toda regla, seguramente provocada por el sprint hacia el control de Merdeux. Hacía años que no me pasaba y había perdido la costumbre; esto, unido a la fatiga cerebral debida a la falta de sueño y a la escasez de azúcar, me impidió identificar el problema. Arrastrado por los gritos de ánimo y algún que otro empujón de los escobas (cual típico ciclista holandés  reptando por las rampas del Tourmalet en cola de carrera) fui superando aquel último tramo. Ya avistando el alto, tuve dos arranques de orgullo, queriendo salvar un poquillo de dignidad. Rehusé el ofrecimiento de los escobas para llevarme la mochila y me resistí seriamente a aferrar las cadenas que aseguraban un paso un poco expuesto (“venga ya, que no se diga que esta mariconada no puedo superarla en libre aunque vaya a rastras”), hasta que prácticamente me obligaron a  echarles mano (a las cadenas, no a los escobas, que además eran todos hombres). Y por fin, el pretendidamente glorioso momento la  llegada al collado y la visión del Bianco. Que resultó estar tapado por las nubes, vaya por Dios. Un suspiro de alivio y una sonrisa, reunión con mis dos compañeros y el resto de la patrulla, y las ovaciones de los escobas. Pero no hubo explosión de júbilo ni éxtasis, sólo la serena satisfacción del “ya queda menos”. Y es que sabía que la bajada no iba a ser banal. Una pena, porque la encontré preciosa, por el entorno y por la propia naturaleza del camino, bien trazado, llevadero, y de pendiente suave. El cielo ya totalmente encapotado acentuaba el ambiente de alta montaña.  Yo descendía muy despacio, buscando la línea de menor resistencia, evitando las piedras en la medida de lo posible. Y fue a unos 2600 m de altura cuando veo aproximarse a uno con una gran cámara de televisión, llega a nuestra altura, charla un poco con los escobas y nos deja pasar. Me están filmando desde arriba. Y lo mejor está por llegar, porque vuelve hacia nosotros y quiere entrevistarme. Y yo me doy el gustillo vanidoso de chupar cámara. Con la falta de costumbre, no miro directamente a cámara al principio, después ya me voy soltando y lo hago mejor. Estaré “agotao”, pero enhebro un discurso fluido y coherente en italiano, no está mal, mi cerebro aún rige. Después de lo cual el intrépido reportero sube de nuevo para entrevistar a Massimiliano, quien baja con aún más dificultades que yo. Ahora cada uno de nosotros lleva una escolta personal de escobas. De vez en cuando alguien grita “Siete dei giganti!”. Sois gigantes. Consigna que oiríamos varias veces durante aquella bajada interminable.

Yo empiezo a notar nuevamente, pero con más intensidad, el frío que habia sentido durante la subida a Merdeux. Una sensación de frío punzante desde la faringe hasta la boca del estómago, a lo largo del esternón. Era como si no consiguiera calentar el aire que pasaba por mi tráquea. Y experimento una sensación de angustia psicológica tan intensa como absurda. Temo estar cayendo en hipotermia, y que ese frío que sentía dentro acabaría extendiéndose y parándome el corazón. No digo nada a mis compañeros, yo sigo bajando concentrado en mí mismo y en mis sensaciones, pruebo a respirar más rápidamente, me controlo el pulso, el ritmo cardíaco es normal pero… ¿y si salgo en los periódicos, un muerto por agotamiento en el Tor des Geants? ¿No habré ido demasiado lejos en mi esfuerzo? Me digo que eso es absurdo. Si estuviera en hipotermia no podría caminar, ni ordenar mis pensamientos, ni desde luego  conceder une entrevista a la tele en correcto italiano. ¿Dònde está el refugio Bonatti? “Allá abajo, cerca”, me responden. Veo una explanada verde y húmeda hacia la que nos dirigimos, y más abajo unos tejados. Pues aún falta un poco… Un poco de calor y un café bien cargado, es lo que necesito. Pero yo estoy ya descubriendo lo que me pasa, porque Danilo, uno de los escobas, me ha ofrecido unas gominolas azucaradas. Yo no suelo llevar estos dulces simples al monte, pero cuando tomo la primera me doy cuenta de que eso era lo que me faltaba. Me dice que coja alguna más y yo acepto. Y durante el resto de la bajada a Bonatti le voy vaciando poco a poco la bolsa. El frío interior es algo menos intenso y me voy tranquilizando, ya me he dado cuenta de lo que me pasaba y de que tenía muy fácil solución. Recuerdo la bellísima visión de la Tete de la Tronche, a pico sobre nuestra izquierda, según atravesábamos aquel rellano que precedía las cabañas de Bonatti. Porque aquellos tejados visibles desde lo alto no pertenecían al refugio… Impaciencia, aún falta un poco, pero por fin llegamos. Ese mismo día sabría que un par de días antes, durante el Tor, el Gigante cuyo nombre lleva este refugio había fallecido de cáncer de páncreas fulminante. Allí, entre tanta gente, el calor y un café doble con sobrecarga de azúcar me hicieron acabar de revivir.

Pero tocaba salir, no se podía perder tiempo. El tramo hata Bertone no me daba miedo, sabía que era un falso llano que escondía bajaditas y breves rampones, aunque relativamente largo. Lo encontré mucho más bonito que cuando pasé por aquí en Agosto de 2008, durante la CCC, en una jornada tórrida. Ahora, bajo la lluvia, con los caminos embarrados, todo lucía verde, la hierba, los abetos, las matas de arándanos… La bruma ocultaba las Jorasses y allá abajo se intuía la Val Ferret. Algún paso divertido cuando el camino cruzaba una torrentera y había que poner atención para no resbalar.  Debo decir que yo me sentía mucho mejor, iba en el primer grupetto por delante de Massimiliano y Gianni, y que mi ritmo parecía satisfactorio a nuestros “jefes”. Y digo jefes porque sobre todo uno de ellos, Loris, ejercía de sargento de hierro, abroncando a diestro y siniestro. “Que no llegamos”!!! Esto iba sobre todo por Gianni, que iba bastante retrasado y de cháchara. Finalmente, una sucesión de tramos en ascenso, rodeando lomas, nos condujo a la pista que subía hacia el Bertone. Esta parte la encontré algo penosa, no esperaba tanta subida, y el refugio Bertone no lo ves hasta que no estás encima. “Encima” literalmente, porque aparece cuando se corona un collado, el paisaje se abre, con el Mont Chetif de frente, Courmayeur al fondo abajo y el refugio a tus pies. Yo sabía que era el último dolor, y que no iba a poder pararme mucho. Pero allá abajo alguien me saluda a grandes voces. Es Luisa, que ha cumplido su promesa y ha subido a esperarme! Ya sé que no puedo perder mucho tiempo en el refugio, además el avituallamiento está fuera y llueve con fuerza, de forma que el toldo malamente protege. Para cuando quiero darme cuenta ella ya ha entrado en el refugio y me trae unos trozos de pan para acompañar el salame del avituallamiento. Y muy pronto, encarar la última cuesta abajo. Los escobas que me habían acompañado se quedan a esperar a los otros y Luisa me adopta para el tramo definitivo, para el grand finale. Comenzamos la bajada, muy lentos, hay mucha piedra grande y escalones, severo castigo para mi tobillo. Ella me da ánimos, me cuenta cosas, mantiene mi cabeza distraída del maldito dolor en los pies que me impide echar a correr hacia meta. Pronto nos metemos en el bosque, nos supera un primer grupo de escobas con Massimiliano, que me toma la delantera. Emanuele me presta sus bastones y me explica cómo hacer para amortiguar el impacto sobre los pies echándolos oblicuamente por delante al bajar los escalones de piedra. Me vigila para que aplique con precisión la técnica. Más aún, en los escalones más duros directamente dos de mis acompañantes me cogen en volandas para que aterrice sin que los pies lo sientan. Más relevante que el tiempo ganado por estas “ayuditas”, era el sentirse arropado y, por qué no decirlo, admirado por poder acabar el Tor. De hecho, todos querían que entráramos en tiempo, por nosotros pero también por la organización. En una de las conversaciones por radio que mantuvieron los escobas con línea de meta les dijeron algo así como que “Tienen que llegar, si hace falta echadlos rodando pendiente abajo” . Después del increíble episodio de la descalificación del ganador, Gazzola, por un error en el tramo después de Bonatti, querían un final a la grande, con el último entrando de la mano de los vencedores, ovacionado por el público, y por supuesto, dentro de tiempo. Nadie quería vivir la amarga situación de ver al último héroe entrar unos minutos por encima de las 150 horas, obligando a la organización a una indeseada relajación de las normas (ergo, falta de seriedad) o a una cruel, pero correctísima, descalificación. Y el caso es que no tenía la absoluta seguridad de entrar en tiempo, y no había tiempo para regodearse en el triunfo inminente, sólo a andar, caminar sin parar.

Y como me habían prometido, llegamos a la pista, en la que podía caminar con mucha mayor comodidad. En algunos tramos el camino balizado cortaba las curvas, pero nosotros optamos por dar el rodeo, añadiendo algunos metros más a los oficiales 332.500. Y la pista se volvió asfalto, y las primeras casas aparecieron. Eran las cuatro menos cuarto y Luisa y Loris, el “sargento de hierro”, ya no estaban preocupados. Llegamos!!! Ella me explicó que este barrio era el Villair, y que desembocábamos directos en la plaza de la Iglesia y vía Roma. Y el dolor se desvaneció, y las piernas echaron a correr. Así, corriendo, y con la ayuda de mis dos compañeros, me quito la chaqueta y el forro polar para entrar en meta mostrando el dorsal, como dice el reglamento. Ya estoy dentro de Courmayeur, hay gente que nos ovaciona, y de pronto, la iglesia! EL lugar donde había tomado la salida casi 150 horas antes, y Dios! La imagen soñada de volver a pasar junto a ella corriendo y con el dorsal puesto, no podía creerlo. Aún más gente, aplausos, gritos de ánimo, Luisa me va explicando lo que va a suceder, entraré en meta escoltado por las chavalitas con el traje típico con cascabeles que ya nos habían despedido el día de la salida, y pisando una alfombra roja. Y así es. Los escobas se apartan, y recorro los últimos metros corriendo por una alfombra roja empapada entre las ovaciones del público. No hay lágrimas ni emociones desbordadas, sólo una poderosa sensación de alegría impregnada de incredulidad. Inmediatamente me controlan el chip y vivo mi segundo momento de gloria con una entrevista que me hacen en la misma línea de meta. Breves instantes, ya que llega Gianni, farolillo rojo. Me llevan rápidamente a firmar el poster finisher, pero antes me intercepta Flavio, que me da un abrazo y dos besos; tan aturdido estoy que no acabo de caer en que tuvo que retirarse, y le digo “Enhorabuena”… en castellano. Pensándolo bien, no fue un error, él también se merecía una felicitación, por la forma en que digirió el tener que retirarse a las puertas de la gloria.

En fin, pues hasta aquí llegué. Al día siguiente la ceremonia de entrega de premios fue la ocasión de compartir la alegría con los compañeros, con los organizadores y con el público. Una bonita fiesta en la que, como en todo el Tor, predominó la camaradería y el buen ambiente. La vuelta a Milán en compañía de Javier, afortunadamente recuperado.Y después, dosificadas progresivamente a lo largo de días y semanas, una satisfacción enorme, una alegría serena y una pizca de vanidad por el logro conseguido. En mi caso la dulzura del triunfo fue lenta, perseverante y madurada, como esta maravillosa carrera de los Gigantes. Gracias!

Tor des Geants 2011. De Valtournenche a Ollomont

Lo de los “servicios mínimos” de sueño en el refugio inmediatamente posterior a la base vita en la que no había podido dormir por falta de tiempo iba a ser la constante en la segunda parte del Tor, la de la Alta Via 1. En esta ocasión el desnivel a salvar hasta el Barmasse era de 600 mlargos, más que el que separaba Gressoney de Alpenzú, si bien mi estado físico parecía mejor.

Allá vamos, con la noche recién estrenada y un puñado de minutos de margen sobre el cierre de control. La escoba partirá un poco por detrás de nosotros. Puede que me falle la memoria y me olvide de alguien, pero estábamos por lo menos un señor de avanzada edad que a decir de Javier era un noble veterano del UTMB, mi amigo japo, su compañero al que daba por desaparecido, Javier y yo. Cruzamos las calles del pueblo, un poco de asfalto, los japos nos adelantan y en un cruce erramos el camino. Menos mal que un lugareño que providencialmente nos vigilaba (y van…, uno no se cansa de agradecer a la gente su ánimo y su ayuda) nos ahorró la consiguiente pérdida de tiempo y energías. Apenas hubimos cogido el sendero bueno, que ya empezaba a subir decidido, se nos aparecen los japoneses con cara de susto, preguntándonos alarmados en inglés si todo iba bien, si ése era el camino. Esa noche se les veía muy nerviosos e inseguros. Así que tomamos el camino, a ratos estrecho, siempre perfectamente señalizado, en pelotón de cuatro, y al poco los japoneses nos “piden permiso” para permanecer junto a nosotros durante la subida. No interactuamos mucho más, avanzamos concentrados. Las señales indican dos horas al lago de la Cicogna; no recuerdo bien porque, una vez más, no he estudiado el libro de ruta, pero el refugio Barmasse debe de estar por ahí cerca. Todo está muy oscuro, pasamos junto a cabañas aparentemente abandonadas, hasta que allá arriba avisto una perfecta hilera de luces. Sin duda deben de ser farolas, y esta alineación corresponde a la de una presa, luego deduzco que el lago es artificial, un embalse… Allora, el refugio ya está cerquita, y falta que me hace porque aunque había comenzado la subida bastante espabilado noto que el sueño me está venciendo y que cada vez me cuesta más mantener la línea recta mientras camino. Menos mal que Javier marca un buen ritmo y está pendiente de mí. Ya estamos muy cerca y surge al pie del muro de la presa un edificio con abundante iluminación que yo, en la neblina del duermevela, quiero imaginarme que es el refugio. Pero el más absoluto silencio acompaña a aquella estampa fantasmal en medio de la noche; ni rastro de voluntarios ni de nadie. Se trata sin duda de las instalaciones de servicio de la presa. El camino, efectivamente, está a la izquierda y serpentea para salvar el desnivel que nos separa del lago, en cuyas inmediaciones ,esta vez sí, está el refugio. Ahí afuera nos esperan. Control y yo que sólo busco cama. El refugio tiene buena pinta, nos ofrecen de comer, pero cuando nos conducen a una estupenda habitación de 6 literas, aún vacía, me falta tiempo para quitarme la mochila y lanzarme a lo kamikaze sobre el lecho. Hablando de kamikazes, en el último tramo del camino, cuando todo se veía claro y no había pérdida posible, los japoneses, después de chupar rueda durante toda la subida, habían saltado de nuestro pequeño pelotón, dejándonos solos a Javier y a mí. Ya los pescaríamos, ya…

Me gusta mucho planificar mis excursiones, estudiar sobre el mapa por dónde voy a ir. Y para el Tor lo había hecho, pero sólo hasta la tercera etapa. No me acababa de creer que pudiera ir más allá, y sólo llegar a Donnas se me antojaba todo un triunfo. La quinta etapa sí la controlaba bastante, pero por haber estado antes por allí. Recordaba que esta sexta consistía una ascensión fuerte seguida de una travesía a gran altura por tierras inhóspitas coronando varios collados sin gran desnivel, después una bajada a saco hasta el valle y de postre otro bicho de 1000 md arriba y abajo. Pero la hoja con los detalles del perfil permanecía en la bolsa amarilla, allá abajo en los verdes valles. A estas alturas se trataba de seguir adelante y no pensar demasiado en otra cosa que no fueran las barreras horarias. Me desperté atontado, tras haber dormitado y padecido nuevamente dolores en la pierna izquierda, era como si de tanto caminar extrañara la posición horizontal. Me sentía un poco zombie, mientras caminaba escaleras abajo hacia el comedor a  mi cerebro le cotaba discernir entre realidad y sueños. Me contó Javier que caí como un tronco y que él tuvo que encargarse de meter mi mochila, que había abandonado en medio del cuarto, bajo la cama. Recuerdo que en el comedor estaba la patrulla escoba y un corredor que había decidido retirarse. Los japoneses habían continuado sin pararse a dormir, según nos contaron. Desayuné algo y así, alrededor de la una de la mañana, nos sumergimos nuevamente en la oscuridad. El terreno era favorable, llaneábamos por buen camino. De hecho, hicimos un largo tramo por pista. Campo abierto, la luna iluminaba prados ganaderos y de vez en cuando se escuchaban en la lejanía ladridos de perros. Abandonamos la pista cuando esta viró decidida a la izquierda, hacia el sur, buscando quizá el valle y esa civilización que tan lejos quedaba ahora. El camino alternaba ahora tramos de subida fuerte con otros de falso llano, y el bosque con los prados. Recordaba que la Finestra de Ersaz tenía una altitud modesta, no podía quedar mucho, adivinaba el paso en algún lugar de la suave cresta frente a nosotros, bien perfilada gracias a la luz de la luna. Y no quedaba mucho, pero algunas rampas duras aún me hicieron sufrir. Finalmente llegamos, allí estaba el mojón del collado, pero no daba mucha impresión de altitud. Y es que tras bajar unos pocos metros el camino volvía a llanear, marcado en la ladera de la montaña. Frente a nosotros un horizonte nuevo, amplio, de montañas sin fin. Montañas cuya grandiosidad no residía tanto en sus formas o en su altitud, sino en su soledad. En la abrumadora sensación de desvalimiento que transmite una noche sin rastro de iluminación artificial, en una oscuridad casi perfecta en el corazón de una Europa Occidental hiperindustrializada. He vivido noches aún más frías,  sobre un glaciar camino de un cuatromil, en una montaña mucho más inhumana que ésta, pero en las que al mirar hacia abajo las luces del valle me reconfortaban, como si existiera un cordón umbilical que me uniera a la civilización. Aquí no, y es así que cuando el camino bajó un poco más y los focos de un todo-terreno que descendía por una pista forestal nos deslumbraron, me sentí contento.

Alcanzamos dicha pista y el vehículo se detuvo. Lo conducía un chaval de aspecto taciturno. Nos echa una ojeada y dice que va a buscar a una chica que anda con problemas, probablemente sea una que habíamos alcanzado al pie de la presa y que nos había descolgado en el último tramo antes del refugio. El avituallamiento está un poco más arriba, nos dice. Y asi es. Hay que subir, por tanto. Cortando las curvas de la pista por el prado llegamos a una granja . El porche está iluminado, hay una mesa con vituallas ligeras, más el consabido té y la sopa. Atiende el que resultó ser el padre del chaval del todoterreno. Rudo a su modo, de pocas palabras, pero servicial, vamos todos los tópicos que a uno se le ocurren sobre quien trabaja en el monte, con el ganado, transcurriendo largos períodos con escaso contacto con el mundo exterior. El todo terreno vuelve, imagino que la chica ha sido rescatada y bajada al valle. Antes de marcharnos el padre se empeña en que nos llevemos todo el cargamento de plátanos que le ha dejado la organización. Si no somos los últimos, seremos los penúltimos, y hay que liquidar existencias. Así que banana que va a la mochila y antes de salir echo un ojo al cartel con el perfil del siguiente tramo. Se aprecia una subida corta y empinada, seguida de una breve bajada y el rush final hasta el collado.  El camino pronto se empina al tiempo que encara la montaña y se vuelve más duro y rocoso. Sufro hasta que vira a la izquierda y empieza a bajar. Me vuelvo y contemplo las luces de la granja donde hace poco hemos avituallado, ya muy lejanas y muy abajo, o eso me parece. Y frente a nosotros se perfilan unos picos de aspecto muy respetable, de nuevo me pregunto dónde estará el paso, y de nuevo esa familiar sensación de que sea donde sea, está lejísimos allá arriba. Pero cuando acabe esta bajadita ya afrontaremos la subida definitiva. Vale, subimos de nuevo. Es duro. Muy duro. Tenemos que estar cerca del puerto, pero… ay amigo, que los ritmos de subida habituales no son de aplicación aquí. Y de pronto…

Abajo, abajo, todo hacia abajo. ¿Qué coño es esto? Con lo que nos ha costado subir! El perfil indicaba una subida intermedia, pero esto son dos!!! A estas alturas debería haber comprendido la naturaleza aproximativa de los perfiles que nos ponía la organización, pero iba ya incubando la semilla de la crisis. Finalmente llegamos a un  terreno llano, herboso y húmedo. Ahí a la derecha debe de haber un lago y este torrente que cruzamos es su emisario. Un lugar muy agradable para tumbarse al sol en una tarde de verano, sin duda. Y aquí comienza el ascenso definitivo a la Fenetre de Tsan, en la que el camino discurre por terreno mixto de hierba y roca entre grandes bloques. El corazón se acelera, pero las piernas no dan más. Tengo que parar una vez. Y muy pronto, otra vez más. Le digo a Javier que no me espere, que continúe, que no me pasa nada pero que necesito descansar. El prosigue y yo me quedo tranquilo, sin la mala conciencia de retrasar a mi compañero y rumiando mi crisis en soledad. Mejor así, en estos momentos prefiero que nadie me vea ni me pregunte o intente tirar de mí. Ya llegaré arriba de alguna manera. Era la primera vez en el Tor que reventaba por puro agotamiento físico, no por sueño; en la subida a Coda anduve cerca, pero no llegué a esto. Afortunadamente el mal de estómago seguía ausente, así que la idea de la retirada no pasaba por mi cabeza. Cuando por fin llego al mojón del collado la mañana está por despuntar. La hora crítica, nada nuevo… Me sorprendió encontrar unas vacas pastando tranquilamente allá arriba. Muy abajo, hacia la derecha, distinguí unas luces, el bivacco Reboulaz, seguramente. Vamos para abajo rápidamente, me dejo caer, es fácil… Pronto podré avituallar, lo peor ha pasado.

Niet. Sorpresa! Ya había visto en el mapa que junto a este collado había una montaña de nombre “Cime Bianche”. Y si se llama así será por un buen motivo, claro. Nieve? No precisamente. Lo que me encontré fue un revival del descenso del refugio Sella a Cogne, o sea, que aquella infame roca blanca, deleznable en todos los sentidos, recubría toda esta vertiente de la montaña. El camino estaba bien trazado, bajaba en zigzags y habría sido muy corrible de no ser por la pésima calidad del terreno y el mal estado de mis pies (ampollas y el tobillo izquierdo que cada vez me iba molestando más). Descenso lentísimo, por tanto, para mi desesperación. Tengo buena perspectiva de la ladera por la que va el camino, y ni rastro de la frontal de Javier. Me ha sacado muchísima ventaja, empiezo a agobiarme seriamente por las barreras horarias. Por lo menos estar solo de noche en mitad de la Naturaleza salvaje tiene la ventaja de que puedes sacar lo mejor de ti mismo sin pudor, de forma que saludé el amanecer de aquel nuevo día con una letanía de tacos e improperios que rompía toda la poesía del momento. Cuando finalmente llegué al refugio la frontal no era ya necesaria. Un lugar muy acogedor, con una sala di pranzo pequeña y calentita. Los voluntarios me preguntan si soy español, porque hay un compatriota que me está esperando, durmiendo en el cuarto contiguo. La primera reacción fue sentirme mal, que era una irresponsabilidad perder así un tiempo que podía ser precioso. Pero pronto me reconforté, al final estaba descansando, reponiendo fuerzas, y yo sólo podía agradecerle aquel gesto de camaradería. El Tor des Geants será una “carrera”, de acuerdo, pero lo que yo estaba experimentando no tenía nada que ver con la competitividad. Sólo compañerismo y de solidaridad, que ganaban en intensidad según pasaban los kilómetros. En aquella alborada fría y solitaria, muy lejos del mundo de todos los días, conversando con los voluntarios mientras bebía un té caliente bien cargado de azúcar, no se me ocurrió preguntarme qué narices estaba haciendo allí. Simplemente estaba, y así debía ser.

Los voluntarios me comentaron un par de cosas. La primera que el trazado de la Alta Vía 1 desde allí hasta Oyace era nuevo y transcurría por viejas sendas de cazadores; el original bajaba derecho al valle. De forma que la impresión de aislamiento que transmitían aquellos parajes estaba muy justificada. Y la segunda cosa, que no nos sobraba el tiempo y la patrulla escoba no andaría lejos; vamos, que había que arrear. De forma que desperté a Javier, a quien tuve que zarandear porque sobaba como un bendito, y partimos decididos a recuperar tiempo. Yo me sentía bastante mejor, y acometí con decisión la nueva subida, esta vez al col Terray. Aunque hacía tiempo que había amanecido las montañas que acabábamos de cruzar nos mantenían en sombra; ahora podía disfrutar de la hermosa visión de la “montaña blanca” que tan mal rato me había hecho pasar, con el cielo iluminado detrás de ella. Y fue esta luz matinal, que ya iluminaba la parte alta de las montañas de la parte opuesta, la que me hizo ver “cosas”… Las sombras proyectadas contra estas montañas estaban vivas. Algunas tenían formas de animales, y en otra distinguí claramente unas figura de mujer empuñando un cuchillo que dirigía hacia un ser tumbado a sus pies. No eran alucinaciones, eran muy reales, estaban allí, en las montañas, y yo estaba muy despierto, caminando entre los canchales. ¿O no estaba despierto, sino en un estado alterado de conciencia? ¿Estaba entreviendo otra realidad? Y me acordé del dejà vu camino de St. Jacques.

En el alto encontramos parado a otro corredor a quien habñiamos visto subir  a ritmo muy fuerte. Frente a nosotros un valle profundo, con algunas granjas bastante abajo, y cerrado por una montaña que debíamos flanquear. Bajamos corriendo un primer tramo muy empinado antes de cambiar de ladera y recibir los primeros rayos del sol. Aquí el descenso se hacía algo más irregular. Alcanzamos a otro participante con la rodilla vendada, lo recordaba de la enfermería de Valtournenche, tenía problemas para bajar. Le adelantamos y proseguimos por terreno a ratos expuesto, virando poco a poco a la derecha. Intentábamos adivinar la ubicación del oratorio de Cuney, pero todas las casas que avistábamos estaban demasiado abajo, así que el camino seguramente continuaría girando a derechas. Tras una bajada abrupta una breve remontada y por fin avistamos una cruz sobre un promontorio herboso. Voilà. De todos modos, aquello aún no es el refugio, hay que bajar, llegar a un torrente y volver a subir. Por fin!!

El avituallamiento está bien, pero yo me limito a beber un poco, el sol ya está empezando a pegar con fuerza. Las montañas que hay frente a nosotros están descarnadas, con abruptas pendientes de roca marrón y derrubios. Montañas duras, de escalada seguramente desagradecida, nada estéticas, espartanas. A juego con el ambiente, en una palabra. A todo esto, ya somos multitud. Han llegado los escobas, arrastrando consigo a un par de corredores. Me parece oír al jefe algún comentario poco alentador, pero ya sabíamos que vamos justos. Así que salimos, nos quedan dos collados sin demasiado desnivel. Propongo a Javier que para ganar tiempo optimicemos nuestros respectivos puntos fuertes, que él se me vaya en los descensos y yo le dé alcance en la subida posterior, y viceversa. A lo que él naturalmente se niega, con lo que en la primera bajada desde Cuney permanecemos juntos. La subida al col Chaleby la hacemos a paso digno, y cuando llegamos arriba nos detenemos para beber agua y tomar aliento. Nos alcanzan nuevamente los escobas, y esta vez el jefe, de nombre Pier, suelta una frase lapidaria.

“No llegamos a Oyace a tiempo, pero es que aunque lo hiciéramos, no da tiempo a llegar a Ollomont”

No quiero creerlo, pero da un poco de miedo. Nos queda sólo el col de Vesonnaz, que parece muy próximo, aunque por algún motivo los carteles indican más de 1 hora… Hay que ir a muerte y no perder la fe, así que vamos para allá. Venga, que además alcanzamos a algunos corredores que iban delante de nosotros. Seríamos cinco o seis, incluyendo a nuestro entrañable “alucinado”, sí, el de la ducha de chicas. Subimos a buen ritmo, y pronto entendemos por qué se daba un tiempo tan largo para llegar al collado; aquella ladera que de lejos parecía homogénea esconde un “doble fondo”. Esto pasa con frecuencia en la montaña, lo que parece cercano no lo es tanto. Así que el camino bajaba y llaneaba un poco antes de afrontar la subida definitiva. Pero aún una sorpresa más, un refugio con avituallamiento. Los escobas deciden efectuar una parada algo más larga. Como un poco de salame, de pan y una naranja. Cuando salimos para afrontar los últimos cincuenta metros los del avituallamiento consiguen endosarnos naranjas a casi todos. Aún les quedan un par de cajas y quieren aligerarse la bajada.

En pocos minutos alcanzamos el collado. Damos vista a un valle profundo. Primero roca, luego prados y allá, muy abajo, los abetos. Y al frente, por supuesto, más montañas. Me pregunto si el siguiente collado estará ahí, pero ahora hay que llegar a Oyace en tiempo. En la primera parte de la bajada el camino zigzaguea por terreno rocalloso, en su fondo de gravilla parece fácil patinar, y está relativamente expuesto. Mi amiga Luisa se lanza cuesta abajo a toda pastilla y yo la sigo. Las botas agarran bien, piso con seguridad, y la velocidad me produce euforia. Hemos dejado atrás a todos los demás y por un momento olvido los males de mis pies mientras vuelo montaña abajo. Maldita sea, se supone que, aunque muy mediocre, soy alpinista, en algo tenía que notarse la experiencia en terreno técnico. Luisa no sólo baja rapidísimo, sino que va retirando los banderines baliza casi sin detenerse, y llega un momento en que casi no le caben en la mano. Cuando nos aproximamos a la zona de prados la pendiente se atenúa e iniciamos un falso llano. Yo noto que me arden las plantas de los pies; la fiesta se ha acabado. Luisa me saca ventaja, Javier me alcanza y supera, momento en el que le digo muy serio que vaya a toda caña para abajo y que no se le ocurra esperarme ni un minuto; estamos arropados por los escobas y sería estúpido ser solidario para llegar los dos juntos fuera de control. También me adelanta el “alucinado”, que echa a correr; se ve que sufre en las subidas pero cuesta abajo es muy competente. Llegan más miembros de la escoba, me duelen los pies y el camino vuelve a bajar según nos aproximamos al bosque. Pero para mi sorpresa Javier no me ha sacado ventaja. No va sobrado.  Dentro del bosque, de hecho, yo paso por delante, él permanece con Luisa y yo me acoplo con una pareja de escobas. La bajada se hace interminable, y no es sólo impresión mía, estos dos dicen lo mismo, que parece que el valle está ahí pero bajas, bajas, y no llegas nunca…

Y hay un momento en que el camino por fin deja de bajar, pero no hay rastro de Oyace. De hecho, ahora subimos… Y la sombra desaparece, el sol pega muy duro. Allá abajo hay un río, y quizás un pequeño pueblo, y enfrente una montaña enorme con una ladera blanquísima cubierta de inmensas pedreras alternadas con abetales; afortunadamente no parece que vayamos por ahí, pero para pensar en ello hay que llegar al control, y no hay rastro de nada todavía, y quedan quince minutos. Acuso la subida después de tanto bajar, estoy enrabietado, ¿es que no voy a llegar nunca? Por fin, mientras circulo junto a un prado cercado por alambradas, escucho voces de ánimo, levanto la mirada y un poco más arriba parece haber vida. Sí, sí, aún una última cuesta, aprieto los dientes y llego al asfalto. El puesto de la cruz Roja y el control-avituallamiento en el porche de una casa. Por diez minutos escasos! Y al cabo de tres o cuatro llega Javier. Salvados! De otra que nos hemos librado.

No hay tiempo para gran cosa. Somos unos pocos corredores, seis o siete,  resguardados del solazo estival en un avituallamiento que ya comienzan a desmontar. A todo esto, los dos japoneses a quienes habíamos perdido de vista en la ya lejana subida al Barmasse estaban allí sentados con cara de funeral. No hablé con ellos; tenían todo el aspecto de tener que retirarse, mejor el silencio en estas circunstancias. Yo no estaba para tirar cohetes; una solícita voluntaria de la Cruz Roja que me vio cojear poco menos que me secuestró, me miró las piernas y me colocó una compresa fría  que pude “disfrutar” por escasos minutos. Había que salir. Javier, sentado en el banco, no tenía buena cara, y por primera vez percibí un atisbo de escepticismo. Sin embargo su reciedumbre era admirable; no se le pasaba por la cabeza abandonar. “No nos retiramos, que nos echen”. Amén

Primeros metros bajo el sol. Miro al suelo, intento concentrarme en cada paso que doy, no agobiarme, convencerme de que poco a poco, regulando, llegaré arriba. Pero son 1000 metrosde desnivel y hace mucho calor. Afortunadamente pronto entramos en una zona más sombreada. Pian piano, no voy del todo mal, y los rampones que aparecen de cuando en cuando no me hacen perder el aliento. Y cerca del vado de un torrente, coincidiendo con uno de estos tramos de fuerte pendiente, se rompe el pelotón. Luisa está marcando ritmo de entrada en control. Yo la sigo, al igual que otro corredor, Massimiliano; Javier se queda atrás con el resto de los escobas. No podía imaginar que acababa de terminar nuestra carrera juntos. Intento no perder la concentración y hacer lo que debo, o sea, hidratarme regularmente cada media hora, con lo que pierdo el contacto con la cabeza y durante un tramo quedo solo entre dos aguas. En correspondencia con unas cabañas en un claro del bosque, acelero el ritmo y acabo atrapando a Luisa; al poco rato se nos une Massimiliano. Ya no nos separaremos hasta el alto. Luisa nos comenta que debería haber un avituallamiento líquido a 2000 m, pero ya hemos superado esa cota ampliamente y no hay nada aún. El altímetro marca más de 2100 cuando alcanzamos una casa en estado semirruinoso junto a la que han instalado una pequeña carpa y unas sombrillas. A todo esto, justo acabamos de salir del bosque y el sol cae a plomo. Pero la parada se agradece, sin duda.

Los voluntarios son amables, han apretado bien las botellas de agua y Coca-Cola para resguardarlas del sol. Pero ummm, la Coca está caliente… Nos comentan que hay una fuentecilla no muy lejos, pero puñeteras las ganas que hay de ir a buscarla. El montañón que tenemos enfrente da miedo, y lo peor es que hay un camino bien marcado que trepa por una inmensa ladera herbosa abrasada por el sol. Digo mal, lo peor es que en ese camino se divisan personas!! Me temo lo peor, uff, hace un calor que achicharra a las moscas. No me atrevo a preguntar por dónde hay que seguir porque tengo miedo de la respuesta; prefiero mantener la esperanza, y es que esa ladera parece salvar bastante más de los400 metros de desnivel que nos quedan hasta el col. Llevamos un buen rato cuando aparece el chico de la rodilla vendada que atrapamos en la bajada hacia Cuney, Flavio, luego me contaría que era boloñés. Pero ni rastro del grupo principal, con Javier. Se me hace extraño porque han pasado quince minutos, y aunque hemos subido a un ritmo bastante aceptable, esa diferencia de tiempo es excesiva. Mal presagio.

Por fin partimos. Un mínimo tramo sombreado y… bien!!! Nuestro camino gira decidido a la izquierda y ataca la ladera oblicuamente con una pendiente moderada y aparentemente regular. La montaña que dominaba el avituallamiento no era la nuestra. El cielo tenía ese azul vaporoso, empañado, de los días de duro verano. La vista, excepcional. De frente reconocía el col de Vessonnaz que habíamos cruzado horas antes, con el adusto Pico de la Faroma a su derecha. Abajo del todo, el verde y profundo valle de la Valpelline , punteado de pequeños pueblos y ensanchándose al fondo, en la bruma, hacia su desembocadura en las inmediaciones de la milenaria Aosta. Parada-agua, pierdo rueda de mis compañeros, cuando los alcanzo me preguntan si todo va bien. “Sí, sin problemas”. El ritmo es bueno. Pero las malas noticias van llegando. Han comunicado por radio a Luisa que Javier ha entrado en crisis. Padece trastornos intestinales y sobre todo es presa de un ataque de sueño y no rige bien. Alcanzamos a una pareja sentada en medio del camino. Ella tiene un pie  lleno de ampollas de tal calibre que no puede dar un paso más. Está tan hinchado que no puede quitarse la bota; posteriormente sabría que hubo que sacársela cortándola con tijeras. Se da la voz de alarma, tienen que venir a rescatarla en helicóptero. Y ya que se moviliza la fuerza aérea, deciden aprovechar y llevarse también a Javier. Joder, qué mala suerte, sólo queda esperar que no tenga nada serio…

El verano se resiste a morir, pero el acortamiento de los días no se ve afectado por los vaivenes del clima. Así que durante la última parte de la subida noto que el Sol ya pega menos fuerte. Los últimos metros, un empinado zigzag a traves de los altos prados, transcurren en sombra. Y de repente, hemos llegado! Es uno de esos collados poco marcados, de esos que no adivinas hasta muy poco antes de llegar. Había voluntarios controlando, el helicóptero está a punto de llegar… Si no me falla la memoria, eran las cuatro menos diez o menos cuarto. Y allá abajo un nuevo valle, mil doscientos metros en vertical de una bajada aparentemente simple. Tiempo sobrado para llegar al control de no ser por el “pequeño” problema en mis pies. Empezamos a bajar y enseguida Massimiliano y Flavio me descuelgan. Considerando que ambos iban con las rodillas fastidiadas y tenían serios problemas para bajar, pues está todo dicho. Yo descendía con lentitud extrema, y aunque Luisa hacía esfuerzos por no abandonarme, finalmente fue inevitable abrir un pequeño hueco. A las ampollas ya conocidas en ambos laterales de los talones se había sumado otra que debía de ser horrorosa justo en la base de los dedos. Hasta el punto que tuve que detenerme para hacerme un apaño. Me quité la bota con miedo de mirar. Bueno, no parece haber sangre en el calcetín, algo es algo… A veeer qué tenemos ahí.

Pues casi nada! La ampolla del talón izquierdo se había reproducido y era bastante gorda, pero no contenía sangre. La del derecho no, pero la piel vieja no protegía bien la herida y la dermis quedaba expuesta. Y en la base de los dedos no había nada. La zona estaba muy sensible, pero parecía ser una ampolla en fase muy temprana de su formación. Luisa, al darse cuenta de que me había parado, estaba volviendo hacia mí. Habla por la radio, comenta que estoy con los pies en estado “lamentable”, y me compara con la chica que hemos encontrado en la subida; yo creo que me da por muerto. Un poco picado, le muestro el pie, como para demostrarle que tan mal tampoco estoy. Que voy a vendarme los pies con lo único que tengo, la venda elástica-adhesiva del material obligatorio, y que si quiere puede ir bajando poco a poco. Así que consumo todo el rollo, protegiendo mis pies lo mejor que puedo. Reanudo la bajada y voy un poquito mejor. No gran cosa, pero al menos camino, no repto. El tiempo pasa implacable, estoy bajando haciendo travesía oblicua en sentido inverso al de la subida. Por fin llego a una majada. En una de las cabañas hay un miniavituallamiento. Luisa me está esperando. Mi espíritu está inquieto. Oscilo entre una tranquila resignación y la voluntad de tirar para delante de alguna manera. Creo ser muy racional cuando, mientras bebo un poco de agua con gas y descanso, le digo a Luisa, tranquilamente, que he metido la pata por llevar sólo un bastón y no prever en mi mochila algo para tratar las ampollas, que he cometido un error que me va a obligar a retirarme. Todo muy tranquilo, como asumiéndolo con madurez y presencia de ánimo, pero, ay, ay… Ya he comentado que en el Tor el cerebro  no funciona igual que en la vida ordinaria. Que experiencias paranormales aparte, la capacidad de análisis y decisión acaban viéndose afectadas por la fatiga y sobre todo, por la falta de sueño. Y es que a esa confesión añadí una coletilla que dejaba entrever que esas no eran mis intenciones reales.

“Por lo menos quiero llegar a Ollomont dentro del horario, y ganarme la medallita de la sexta etapa…”

Oh, yeah… A ver quién se iba a creer que si entraba en horario realmente iba a retirarme. Y mientras lo decía yo creía ser sincero, pero el caso es que el último tramo de descenso lo había llevado mejor, y ahora la ruta continuaba por una buena pista que conducía directamente al pueblo. Y los de la cabaña nos aseguraron que estaríamos abajo enseguida, que entrábamos en tiempo con holgura. La esperanza, por tanto se resistía a morir.

Por cierto, era ya el último. Farolillo rojo en solitario. Por detrás ya no quedaba ningún corredor en competición. Así que volví a ser testigo de cómo se desmontaba un avituallamiento… Ellos bajarían a continuación con el 4×4. Luisa y yo tiramos para abajo. Ella volvía a ser optimista con que conseguiríamos entrar. La pista era cómoda y mis pies sufrían menos. Sí, quizás hasta podría llegas antes de las siete. Y cuando alcanzamos a una pareja de corredores, (ella iba con problemas en las rodillas, qué original!), me vino un subidón. Luisa me volvió a abandonar, pero esta vez fue ella la que se quedó atrás. Debía quedarse acompañando a los nuevos farolillos rojos. Y así fue como, para mi alborozo, la pista perdía pendiente según penetraba en el fondo del valle y se aproximaba a Ollomont. Poco antes de pisar el primer asfalto me adelantaron los todoterrenos de los voluntarios del avituallamiento anterior. Carretera! Un pueblo! Ollomont! Y aún no son las seis y media. Sigo bajando y la calle desemboca en lo que parece la vía principal. Busco con ansia la base vita, no me puedo creer que vaya a llegar a tiempo! Hay que subir un poco por el asfalto, pero las piernas vuelan. Subir no me duele, sobre todo después de haber superado lo que bajando el Brisson parecía por momentos el fin de mi aventura. Voy junto al río, hay un puentecillo a la izquierda con señales del Tor. Y ahí está! Entro en el recinto, corredores y voluntarios me aplauden, no me lo puedo creer. Intento orientarme, de pronto aparece Albertxo con toda la troupe. Recuerdo que todos me felicitaban, me indicaban por dónde se fichaba, entro en el comedor, hay mucha gente, veo a la chica con el aparato de control. Hecho!! Son las siete menos veinte, joder, tengo hasta margen! Atolondrado como estoy, le pregunto si me da tiempo a que el médico me cure los pies. “Sí, sí, claro”. (¿Ah, pero no iba a retirarme? ¿A qué tanta prisa?) Me acompaña fuera, habla con el médico, no hay problemas, me llevan inmediatamente al interior de la tienda-enfermería. La enfermera es cariñosa, rapidísima y tremendamente hábil; me dice que no mueva el pie, que tiene una aguja muy gorda en la mano, que cuidado. Mientras me lo dice ya me la ha clavado, ha vaciado la ampolla y yo ni me he enterado. Siento que todos están pendientes de mí, se me acerca el médico, me echa una mirada y no parece que mi aspecto le disguste. “¿Qué tal las rodillas?” Es sin duda el achaque de moda entre los corredores. Le indico la izquierda, ligeramente hinchada, y él me entrega motu proprio paracetamoles y un ibuprofeno, por si los necesitara. A todo esto Albertxo se ha hecho cargo de mi bolsa, me la trae al lado de la camilla, y con ella un poco de comida y el pin de finalista de la etapa (en ese momento pensé que efectivamente lo había olvidado, pero resultó que no, que me lo habían entregado y lo había metido en la mochila sin darme cuenta). Cuando me pregunta qué tal estoy, no sé por qué, quizá par dar un poco de pena y que me siguieran animando y mimando  (tenía a mis pies, literalmente, al médico, a la enfermera, a Albertxo y a la chica del control, que me miraba con apremio), le contesto “creo que las ampollas van a obligarme a abandonar, qué tontería”. Y él, con muy buen criterio, casi me tira de la camilla. Así que no me quedaba más remedio que continuar, je, je… Todos parecían de acuerdo en ello.

Seguramente, en cualquier caso, no habría acabado retirándome, pero así es como se comprende la importancia que el apoyo de los demás puede llegar a tener. En soledad, quizá diez minutos de debilidad, de “dejarse ir”, y entregas el dorsal… para un cuarto de hora después, tras haber reposado un poco, darte de cabezazos contra la pared al ver que podías haber continuado sin problemas. El caso es que yo ya estaba dispuesto a salir pitando. La del control no me había quitado ojo para asegurarse de que fichara el control de salida antes de las siete. Y así fue, serían las siete menos cinco cuando confirmé que seguía en carrera. Y de premio, veinte o veinticinco minutos de regalo. Podría tomar algo caliente, ella misma me lo trajo de la cocina, la escoba no partiría hasta poco antes de las siete y media.

Tor des Geants 2011. De Gressoney a Valtournenche

Quinta etapa. Mientras me ataba las botas sentado en el suelo en la puerta del polideportivo de Gressoney pensaba en que me había librado de la eliminación por los pelos y que bendita la hora en que se me ocurrió salir de Donnas una hora antes de la barrera horaria. Por primera vez desde que comenzó la prueba no había tenido tiempo de dormir ni un solo minuto, y mi idea era la de hacerlo en el refugio Alpenzú, a escasas dos horas. La quinta etapa era sobre el papel bastante más sencilla que la anterior, con dos collados de entidad, pero “limpia”, sin esos demoledores dientes de sierra que acumulan desnivel a paladas. Además, yo contaba con la ventaja de conocer las dos subidas (no así los descensos).

La ducha me había sentado muy bien, pero pocas alegrías. Javier y yo salimos como entramos, en cola de carrera, acompañados por la nueva patrulla de escobas, que incluía un pastor alemán como mascota. Travesía nocturna de Gressoney. Javier vuelve a padecer un violento ataque de sueño y tiene que detenerse a echar una cabezada en un banco. Los escobas le esperan, lógicamente; yo continúo. El río ruge a mi izquierda mientras voy saliendo del pueblo. Lo cruzo por un puente y al poco alcanzo el desvío a Alpenzú, donde dos corredores están disfrutando de asistencia “privada”. Sé que faltan apenas 400 metros de desnivel, casi nada, pero me siento vacío y muerto de sueño. Poco después, envuelto en oscuridad y silencio, me encuentro avanzando como un zombie, con una lentitud que se me antoja desesperante, de vez en cuando doy un bandazo, los ojos se me cierran… Advierto unas luces detrás de mí, y a los pocos minutos los dos compañeros encontrados a pie de puerto me adelantan, lo que me deprime un poco. Me asalta el temor de ser alcanzado por la escoba, por lo que tendría de demostración de mi  irresistible declive. Pero no me alcanzan. Tras dos horas interminables unas luces me anuncian que estoy llegando al refugio; atravieso el alpe y entro en el patio que da acceso al refugio. En el comedor hay algunas personas, tomo asiento, bebo una coca-cola y consigo de milagro una cama; todavía hay mucha gente durmiendo, y es que no hemos sido los únicos en llegar apretados de tiempo a Gressoney.  No puedo aprovechar bien las dos horas que me permiten pernoctar ya que comienzo a sentir dolores y calambres en la pierna izquierda. De todos modos algo duermo, ya que me al cumlirse las dos horas me despiertan. En el comedor encuentro a Javier, quien parece nuevamente recuperado. Partimos con los escobas. Esta es la hora más fría de la jornada, cuando el cielo negro se va tornando azul plúmbeo. Y plúmbeo me siento yo serpenteando entre los prados, a veces me da la sensación de que no voy a poder seguir el ritmo de Javier. Alcanzamos una característica visera rocosa, que recuerdo bien, cuando el horizonte este se ilumina; está a punto de amanecer. Busco individuar el colle Lauzoney que cruzamos esa misma noche (“ayer…”) en las montañas que se perfilan contra la luz. Fuera frontal. Necesito un poco de calor, que salga ya el sol, quiero que termine una noche que se me ha hecho durísima. Los glaciares del Monte Rosa me traen recuerdos de otros amaneceres aún más fríos. Lentamente el zigzagueante (y bastante llevadero) sendero que nos conduce al colle Pinter me va pareciendo menos duro, y el ritmo de Javier más sostenible. En las inmediaciones de otro alpe, a unos 2300 m, decido despertarme, quiero convencerme de que aún puedo seguir. Adelanto a Javier y subo el ritmo. Este es terreno conocido y sé que no habrá sorpresas; me he quedado solo, pero no importa. Los pies siguen doloridos y la bajada me va a costar, doy por sentado que Javier me pillará en ese tramo. Sin estridencias pero bastante dignamente corono el Pinter. Ante mí el abrupto descenso hacia el valle de Ayas. Aquí hay menos pradera y más pedreras, incluyendo escollos rocosos antes de alcanzar el valle suspendido que conduce a Crest. Mientras bajo me pregunto si gracias a las ampollas y rozaduras mi ritmo es más lento que el de subida. Un tramo de pseudoescalada con cables da un poco de picante a la cosa. Después el camino sigue marcado en la pedrera, y antes de cruzar el torrente Javier llega a mi altura. Entramos en un valle verde, el camino se vuelve reconfortante y adelantamos a otro corredor antes de entrar en las primeras casas de Crest. Las señales nos conducen a un bar-restaurante donde nos acogen muy amablemente y nos sirven un minestrone que me entra de cine. Comemos tan bien, con mesa y mantel, que sacamos las carteras dando por hecho que aquello es de pago. Ma non! Aquel pequeño lujo está incluido en el precio. Como anécdota, ese día yo llevaba una camiseta del Gran Trail Valdigne y una de las personas que estaba en el bar se dirigió a mí. Resultó ser Fabrizio Roux, podium en esta prueba en 2009, 2010 y 2011.

Estábamos muy cómodos, pero había que continuar. El camino continuaba entre casas de campo, chalecitos, granjas… Llegando al centro de Crest encontramos un curioso avituallamiento-control en el interior de una casa de agroturismo. Tuvimos que subir al piso alto, fichar, y salir por una puerta distinta a la de entrada. No comimos nada, íbamos bien servidos. A partir de aquí comenzó un tramo insidioso, caminando por una sucesión interminable de pistas que nos regalaban rampones inesperados y brutales, seguidos de descensos que presagiaban la siguiente cuesta. Al principio íbamos a la sombra, pero poco a poco quedábamos más expuestos al sol, que ya calentaba más de lo que yo desearía.

Y de pronto, un flash. Habían comenzado los fenómenos paranormales. Yo he estado aquí antes.  Una curva de la pista, un cruce… y acude a mi mente un vívido recuerdo que soy incapaz de atribuir a ninguna experiencia previa. He visitado el Valle de Ayas varias veces, pero hoy, cuando escribo esto, no recuerdo haber estado nunca en esa zona antes del Tor. Pero sin embargo, cuando Javier me hace notar unas hamacas en el jardín de un hotel pocos metros delante de nosotros,  un escalofrío me recorre el espinazo. Pero no uno metafórico, no, uno real. Recordaba perfectamente no sólo el paraje, sino también las hamacas! Empiezo a comerme la cabeza y casi olvido la fealdad de la pista y el trazado a media ladera que no termina nunca cuando el dejà vù se vuelve premonitorio. Cuando el “yo he estado aquí antes” se convierte en un “yo he vivido esto antes”. Anticipo un cruce de la pista, a la altura de otro hotel, que nos lleva hacia arriba bestialmente. Anticipo el comienzo de la bajada hacia St. Jacques justo al llegar a un refugio cuya imagen sentía grabada en mi memoria. Mientras desciendo (por fin!!!) sé que el camino va a virar hacia la izquierda, en la dirección de la que veníamos, y sé que pasaremos junto a una casa, y… Dios mío! Pasamos… O mejor dicho, paso yo solo porque he descolgado ligeramente a Javier. Quiero convencerme de que todo es consecuencia de la falta de sueño y de un cerebro empapado de adrenalina y endorfinas durante ya cuatro días. Que son sensaciones alucinatorias, como si hubiera ingerido algún tipo de droga. Pero la imaginación vuela y me derrota cuando de pronto acude a mi mente una convicción.

“Terminaré el Tor des Geants. Recuerdo haber terminado el Tor des Geants”

Claro y nítido. Demoledor. Me pregunto si no estaré recordando una vida anterior o “paralela”, si mi consciencia no ha establecido un puente con otra realidad. O más inquietante, si es que he muerto y estoy reviviendo los eventos de mi vida.

Ahora, mientras escribo, cabe otra alternativa. Que se tratara de una premonición. Y de una premonición que cincuenta horas después se hizo realidad. Quizás sea cierto que se puede adivinar el futuro, que nuestro cerebro, sometido a determinados estímulos bioquimicos, puede vibrar en frecuencias que abren la cognición a aquello que todavía está por suceder.

Volviendo al mundo real, la llegada a St. Jacques con más de una hora de margen sobre el cierre de control fue confortante, como lo fue el encontrar allí a algunos corredores más, incluyendo a “mi” japonés. Situado en el interior de una casa, nos ofreció sombra y fresquito (el control, no el japonés), que ya estábamos cerca del mediodía… Como anécdota, este fue el único avituallamiento, que me conste, en el que se les había terminado la sopa. Lo cual, teniendo en cuenta que viajé siempre en la cola de la carrera, habla muy bien de la competencia de la organización. Uno de 43!! Nada que ver con otros, que presumen de ser la “Cumbre mundial de la carrera por montaña”, cobran una inscripción mucho más cara y siguen la estrategia de aligerar la carrera matando de hambre a los corredores más lentos.

Conozco la subida al colle Nannaz, y advierto a Javier sobre la dureza del primer tramo. Afortunadamente, tras unos primeros metros expuestos al sol, penetramos en el bosque. Alcanzado el torrente que drena el valle, la pendiente se vuelve muy dura y a ratos hace que el camino se desdibuje. Subimos entre pinos, y al clarear del bosque adivinamos el rellano del Alpe Nannaz. Aquí dejamos a la derecha la pista que sube al refugio Gran Tournalin para tomar el camino que discurre junto al río. En principio la pendiente es muy llevadera. Hace calor y aprovechando una de mis periódicas paradas para beber remojo la bandana en el agua. Ante nosotros, la Becca di Nana. A la derecha, la ladera que conduce hacia los Tournalin y el homónimo refugio. El camino cruza el río y cambia de orientación, se acabó el paseo. Enfilamos hacia el refugio. Yo me siento bien y el cuerpo me pide alegría. Necesito demostrarme que tengo fuerzas y me permito una frivolitè, una perfecta estupidez, una tontería desde el punto de vista metabólico y de táctica de carrera… pero un “chute” de optimismo, una última dosis de endorfinas.

Arriba a muerte! Pego un acelerón, dejo atrás a Javier y mis piernas vuelan. Voy a tope, aguanto bien. Devoro las curvas del camino, mi cuerpo abandona el catabolismo graso y abrasa sus últimas reservas de glucógeno. La testosterona que reaviva el espíritu competitivo y me siento pletórico al ver el hueco que he abierto con mi compañero. Aunque después de 100 horas de machaque aquello no puede ser como en los entrenamientos y mientras remonto un promontorio rocoso, ya cerca del refugio, debo detenerme a tomar aliento. Después tengo que bajar un poco el ritmo, pero ya estoy llegando. De lejos me avistan y empiezan a sonar los cascabeles valdostanos con los que tantas veces nos han animado a nuestro paso. Y así es como hago mi entrada triunfal en el Refugio Gran Tournalin. Acogida óptima, para no variar. Me tomo otro  minestrone divino, acompañado de salame y mocetta, y gozo mientras espero a Javier. He superado los peores momentos desde que comenzó esta historia, y ahora me encuentro razonablemente bien. Javier entra, sonriente, y disfruta de la comida tanto como yo. También han llegado los japos y otro corredor más. Salimos antes que ellos para afrontar la pedregosa parte final del Nannaz. La subida a marchas forzadas al refugio no parece haberme hecho mella y vuelvo a quedarme solo en cabeza del pelotón de los torpes. Había hecho esta subida en abril, entonces había nieve y hielo, y algún paso expuesto estaba objetivamente peligroso. Ahora lo encontraba banal, sin problemas hasta alcanzar el gran hito que marca el collado entre la Becca di Nana y la Becca Trecare, dos satélites de la gran montaña de esta zona, el Grand Tournalin, famoso por ser un mirador excepcional sobre el Cervino, el Breithorn y el Rosa. Paradita para tomar aliento y esperar a Javier. Aunque aún nos queda la brevísima subida al colle Fontaines, se puede decir que aquí termina el desnivel positivo de esta etapa… si no hay sorpresas.

Y no las habrá. Tras una breve bajada y de dejar a la izquierda un valle amplio y verde con un laguito y un torrente caudaloso, remontamos un poco por terreno herboso, coronamos el Fontaines. Nuevo collado, nuevo valle ante nosotros. Cuántas veces hemos repetido ya este ejercicio de descubrimiento en una sucesión de horizontes siempre nuevos, siempre diferentes, pero que nos reservan la misma incógnita. Llegaré al siguiente? Cómo será, cómo me sentiré? La Valtournenche nos ofreció la bajada más limpia de todo el Tor. Camino comodísimo, que incluso me permitió correr al principio, siempre hacia abajo, por terreno favorable, con pocas piedras. Qué pena que las malditas ampollas de mis pies no me dejaron disfrutar de este tramo que era todo un regalo. Se me hizo largo, pero porque tuve que ir lento; la última parte, desde la alegre aldea de Cheneil a Cretaz, sombreada y confortable, fue particularmente dura para mí. Y en todo momento Javier se negó a dejarme atrás, lo cual le agradezco mucho, pero me hizo sentir un poco culpable.

Y como todo llega, el camino dejó de bajar y se convirtió en asfalto según alcanzamos las primeras casas de Cretaz a última hora de la tarde. Un poco de callejeo antes de llegar a la base vita, donde el comedor estaba en una amplia carpa adyacente al edificio con los dormitorios, las duchas y la asistencia médica. Gracias a Dios esta vez teníamos bastante margen sobre el cierre, pero había que organizarse bien, porque no había tiempo para todo. O sea, cenar, dormir, ducharse y pasar por el médico. Decidí que lo menos urgente era dormir, lo que demostraba que había interiorizado el “concepto” del Tor. Ni horarios ni reglas, siempre hacia delante y ya se descansará donde se pueda, si es que se puede. Después de la ducha se imponía el arreglo de los pies, no era el único y tuve que esperar un buen rato. Me hicieron un buen trabajo, con cuidado y esmero. Pero en esta ocasión no me arreglaron sólo los pies. Durante la última bajada había empezado a notar una ligera molestia en la rodilla izquierda, que tenía algo hinchada. Me colocaron una bolsa fría que mantuve durante una hora, mientras cenaba, y la verdad es que funcionó bastante bien.

La cena me entró de maravilla, como de costumbre. Arroz, sopa, salame (del de la organización y del que había metido en mi bolsa de apoyo, que devoraba con ferocidad) y alguna cosilla dulce. Era increíble. Antes de empezar la prueba nunca hubiera pensado que el estómago, una vez pasado el primer susto, iba a funcionar a la perfección y no iba a darme el más mínimo atisbo de molestia.

Y antes e comenzar la etapa de todas las incógnitas una sorpresa muy agradable, en forma de mujer (voooow…!). Veo una que se me acerca con una sonrisa de oreja a oreja, saludándome, que se me sienta al lado y me pasa el brazo por el hombro. Me suena vagamente, pero ella a mí me ha reconocido. “Eres español y vives en Milán, no?” Resulta que formaba parte de la escoba en el Gran Trail Valdigne de 2010, y me atrapó mientras yo reptaba por el sendero del colle Liconi en plena crisis de vómito. Y que estaba en línea de meta para felicirtarme cuando llegué. Recordaba mi nombre. Ahora era de nuevo escoba en el tramo hasta Ollomont. En fin, una bonita diferencia respecto a lo sucedido en Gressoney 20 horas antes. Comer con calma con tu compañero de fatigas y mimadito por una voluntaria, que además era mi “contacto” en la patrulla de cierre. Se me ocurrió pensar, despreocupadamente, que con ella de escoba mis probabilidades de llegar a Ollomont serían mayores.

En aquel momento no podía imaginar cómo de cierto era aquello…

 

Tor des Geants 2011. De Donnas a Gressonney

La cuarta etapa era especial por varios motivos. Primera de la Alta Via 1, la única que cabría definir de media montaña, y paradójicamente la más dura. Pero para mí, siempre a cola de carrera, significaba algo más. La etapa en la que el cerebro perdía un punto de referencia importante, la de asociar una etapa a un día natural. De Courmayeur había salido a las 10, de Valgrisenche a las 7 y de Cogne a las 6. Este ritmo se rompía ahora, saliendo a la 1 de la mañana. Llegara hasta donde llegara, la prueba se convertía en un caminar y caminar sin preocuparse de si era día o noche, un descansar cuando se pudiera, con luz o en la oscuridad.

Rápido desayuno, un apretón de manos a Michel, que se queda esperando a la furgoneta que lo llevará a Gressoney, y salida a la 1.05 en la oscuridad de la noche. Estoy a 300 mde altura y no hace nada de frío. Los primeros metros transcurren por asfalto, entre las últimas casas del pueblo, en suave subida. Lentamente las luces de la civilización van quedando a mis pies. Allá, un poco más abajo, la Dora Baltea, la columna vertebral del valle de Aosta. Y en breve comienza la dulce (?!) tortura que he venido a buscar. La banderita señaliza un camino empedrado que sube decidido a mi derecha, entre viñedos. Adiós a la luz fría de las farolas, vuelvo a depender del haz azulado de la frontal. Pendiente dura, me concentro en mis pasos, sólo miro el reloj para mis paradas reglamentarias cada treinta minutos. No quiero obsesionarme con el altímetro. Sé que debo llegar muy lejos, allá a más de 2200 m, al Refugio Coda, en esa arista herbosa que en las imágenes del DVD aparecía impresionante, suspendida en el aire al sol del amanecer. Penetro en un castañar y llego a un oratorio con una imagen de la Madonna. Ahora sí, miro el altímetro, y constato que estoy sobre los 600 m, así que debo haber superado el primer altillo que marcaba el perfil. Efectivamente, la pendiente cede, aunque no faltan algunos arreones inesperados. Pero es muy agradable. Solo de noche en el bosque, se saborea el silencio.

Tras un breve descenso toco brevemente asfalto justo encima de un núcleo habitado. Ladridos de un perro. No debe de ser aun Perloz. Y no lo es, la traza vuelve a desviarse y a subir decidida en el bosque. Alcanzo a un francés, un chico joven que se empeña en hablarme en su idioma a pesar de mis evidentes dificultades para entenderle; va muy justo pese a lo cual parece animado. Caminamos juntos un rato pero mi ritmo es más vivo y acabo separándome de él. El camino atraviesa algunos pasos estrecho, equipados con elementos de seguridad, vadea un río y finalmente llego a Perloz. No voy a mal ritmo, no. El pueblo duerme plácidamente, atravieso un callejón que alumbra una farola con una luz blanca de sorprendente calidez y cuando desemboco en una calle más ancha me topo con dos personas, que resultan ser voluntarios. Me acompañan al avituallamiento-control. La gente que lo atiende me parece especialmente agradable. No tomo nada y opto por rellenar la cantimplora con agua fresca en la fuente que hay poco más abajo. A esto sigue una bajada empinada; el fragor del torrente Lys se va haciendo cada vez mayor, hasta que alcanzo un puente. Va ser el famoso Ponte Moretta… Ahí abajo las aguas de los glaciares del Monte Rosa.

El siguiente tramo viene marcado por un error mío en la lectura del road-book, que me hizo desesperarme hasta que se me ocurre sacarlo de la mochila y aclarar el tema. Eso me pasó por no estudiar el trazado con suficiente atención y por mi convencimiento de que la organización nos estaba engañando y que realmente había muchos más kilómetros que los indicados en el libro de ruta. Este mosqueo me impidió disfrutar plenamente de un tramo llevadero, que alternaba subidas y llaneos, atravesaba algunas aldeas y que ofrecía pasos sugerentes, como un puentecillo sobre un torrente rugiente; las tinieblas no permitían divisar el cauce, pero sin duda se trataba de un paso vertiginoso. Tras un breve descenso y unos metros de asfalto, se inició un camino mulero terrorífico, asfixiante. De vez en cuando interceptaba la carretera, pero continuaba raudo hacia arriba. Se atravesaban varios caseríos, y la luz de cada uno de ellos era una promesa de que aquella tortura acabaría… pero no. Hasta que por fin acabó, gracias a Dios. Y digo gracias a Dios porque acababa en la ermita de Santa Margarita. Ahí había un jardincillo, con un banco!! Cinco y diez. Naturalmente me concedí diez minutos de reposo y placer. Quedaba poco hasta Sassa, donde había nuevo control. Allí me tomé otros diez minutos, bebí agua y una taza de té caliente, y quise creer al jefe del puesto cuando me aseguró que no habría más pendientes terribles como la de Santa Margarita en el resto de la etapa. Así que a las seis salí dispuesto a hincarle el diente a la subida definitiva al Coda.

Comenzaba a clarear y afronté el camino que subía entre pastos; tierra ganadera. En la penumbra iba adivinando frente a mí y a la derecha las crestas del cordal que debía alcanzar. En un determinado momento escucho unos ladridos a cierta distancia. Nunca me han gustado los perros guardianes de los rebaños. Me dan miedo. Instintivamente acelero el paso, pero espero que tras pocos segundos el bicho se tranquilizará. Pero no, los ladridos continúan. El camino se empina y penetra en un bosquete, me vuelvo pero aún está demasiado oscuro y no distingo nada. Y oigo los ladridos cada vez más cercanos. Comienzo a inquietarme de verdad, ya que estoy completamente solo y hay un animalito que anda suelto y viene hacia mí.  Aumento decididamente la velocidad, y aún tengo que soportar cinco minutos de nerviosismo antes de que la frecuencia de los ladridos disminuya y comiencen a oírse más lejanos. Vuelvo a salir a terreno abierto y en las inmediaciones de una granja me detengo para beber agua y quitarme la frontal. Avisto unos cien metros por encima de mí un primer collado hacia el que debo dirigirme. Sea. Allí el panorama se abre hacia el alto valle del Lys y se hace más interesante. A mi derecha se eleva una cresta que en menos de un kilómetro intercepta otra perpendicular en la que creo distinguir, no muy lejana, la horcada del collado  Carisey, al que debo dirigirme. El terreno me evoca parajes del Pirineo Occidental, grandes rocas alternadas con parches herbosos y algunos árboles aislados. Creo que eran abetos, pero no estaba yo para incógnitas botánicas; el cansancio se hacía notar, La traza a veces se pierde y baja algo, aunque a mí me parece siempre demasiado; tengo prisa por llegar al collado y al refugio. Por fin alcanzo el punto en que el camino vuelve a picar hacia arriba, y alcanzo cansinamente el collado Carisey.

Bellísimo momento. De repente amaneció. Cuando atraviesas una ladera Oeste a primera hora de la mañana estás a la sombra, y tras seis horas de caminata tenía hambre de luz y calor. A mi derecha surgió un horizonte nuevo, desconocido para mí, montañas airosas pero de formas amables y allá abajo unos prados de un verdor intensísimo y sorprendente. Los Prealpes de Biella. Había oído hablar de estos picos y valles salvajes, una isla de wilderness en el superpoblado norte de Italia. A la izquierda, los perfiles más familiares de los satélites del Monte Rosa. Lástima la servidumbre de las barreras horarias, debo caminar todavía casi media hora por la cresta, en suave ascenso, hasta alcanzar el Refugio Coda. Acogida cálida, me llama la atención la avanzada edad de los responsables del refugio, que se desviven por mí. Me ofrecen una bendita sopa de verduras, salame, galletas… No puedo con todo, pero he conseguido recuperarme bastante. Si no soy el último, poco me falta, ya sé que al menos dos corredores detrás de mí se han visto obligados al abandono. Empiezan a fregar los suelos. Hay que tirar para abajo, y me acompañará una voluntaria que vive en la zona. Sería más o menos de mi edad, esbelta, atlética, de tez morena apuntando las primeras arrugas, ojos claros, pelo rubio y expresión sonriente pero sobria; la tópica aparatosidad italiana no parecía ir con su carácter. Iba acompañada de un labrador tan simpático como suelen ser los perros de esta raza. En el descenso me entero de que es fisioterapeuta, de que se ha hinchado a dar masajes a los corredores hasta altas horas de la madrugada, literalmente hasta caer rendida, que vive sola con su perro en una cabaña allá abajo, que balizó toda la Alta Vía 1 en este sector, y que ha tenido más de un incidente desagradable con los mastines durante sus entrenamientos por estas montañas. Y lo más gracioso, que tiene un novio granadino que es médico y trabaja en Milán. Lo cual explicaba que me estuviera hablando fluidamente en castellano, y lo bien que conocía la riqueza de nuestro idioma en palabras de grueso calibre. Fue muy divertido. Está demostrado que eso es de las primeras cosas que se aprenden de una lengua.

Me despedí de ella cuando mi camino volvía a subir hacia el lago Vargno y ella continuaba bajando hasta su casa. Un apretón de manos. “¿Tu nombre?”. “Roberta”. “Muchas gracias por la compañía. Arrivederci”.

Mi dejadez a la hora de controlar el perfil de la etapa me había hecho creer que el Vargno se situaba al final del descenso del Coda. Nada más incierto. Ya me había avisado Roberta, pero aún quedaba un buen trecho. Había vuelto a salir de zona de sombra y caía el sol de la mañana, pero el camino por el bosque, en subida no muy dura, era agradable. El descenso en cambio se me hizo largo. Recuerdo alguna casa, un pabellón, y avistar finalmente el lago, de azul intenso, allá abajo, al final de un empinadísimo descenso por el bosque. Unas palas trabajando en el muro de contención del lago rompían todo el encanto del lugar; el ruido se oía desde lejos… Subir un poco por una pista y llegar al avituallamiento junto al caserón-refugio. Dos voluntarios y un corredor, Marc. Ya no padece del estómago, pero ahora es la rodilla que le da problemas. Problemas muy serios, dice que no puede continuar… Yo mientras pregunto que a ver si soy el último, y me dicen que no, pero casi. Que tengo a uno que viene detrás y otro que está durmiendo en el refugio. Y en esto que aparece el dormilón, que resulta ser Javier. Nuestros destinos vuelven a cruzarse, y no se separarán ya hasta el dichoso col Brisson. Parece contento, ha sobado a gusto después de un inquietante vivac nocturno en un chamizo semiabandonado. A Marc le puede el corazón, y contra toda lógica racional decide continuar; pundonoroso como pocos este chaval. Sale un poco antes que nosotros, y a todo esto ha llegado el farolillo rojo, que no es otro que nuestro entrañable “alucinado” italiano, el asaltante de la ducha de señoras. Le dejamos avituallándose y nosotros apretamos los dientes. Nos espera el col Marmontana. Venga, “tó p’arriba”. El camino arranca fuerte, discurre por terreno que alterna hierba y piedras, mayoritariamente desprovisto de sombras. Nos metemos en un pequeño fregado al perder la traza en una pedrera, sin más consecuencia que cinco minutos perdidos. Llegamos a un cruce en correspondencia con una zona de cabañas, donde la pendiente se suaviza. Cazamos a Marc, que avanza lento y doliente. Es uno de esos momentos en que el primer impulso es quedarte a su lado, acompañarlo, darle ánimos, pero te das cuenta enseguida de que es inútil. Quiere proseguir hasta donde pueda, no está enfermo ni herido, no podemos ayudarlo; a decir verdad, le seremos más útiles tomándole la delantera y dando el aviso en el siguiente control. Nos despedimos, sabiendo que ya no volveremos a verlo en carrera. El col Marmontana queda cerca, si bien no lo identificamos hasta el último momento; un último esfuerzo por una rampa herbosa y alcanzamos el paso. Ante nosotros se abre un paraje duro, inhóspito. En esta vertiente las laderas son pedregosas. La cresta en la que nos encontramos se extiende hacia nuestra derecha e intercepta perpendicularmente una segunda, muy agreste, donde se adivina a lo lejos un paso. Llegan tres excursionistas desde este lado, son los primeros montañeros ajenos al Tor que encontramos en este sector alpino salvaje y lejano, ancho y ajeno. Nos confirman que hay que cruzar la segunda cresta por aquel paso, y que más allá, al otro lado, está el Passo della Vecchia, nuestra siguiente referencia.

Iniciamos descenso. Se está nublando, lo que acrecienta la sensación de soledad. En un primer momento el camino nos lleva hacia la izquierda. Allá abajo se distingue un grupo de personas, pero no son de “los nuestros”. Llegados a un rellano, viramos decididamente a derechas, atravesamos una pedrera y avistamos la carpa del siguiente avituallamiento. Uno de los controles más simpáticos, hasta el punto de que hacemos “el dominguero” durante casi media hora, espatarrados en unas hamacas y disfrutando de la riquísima sopa que nos ofrecen. Felicitamos efusivamente a la hábil cocinera y Javier remata sacando la delicatessen, jamoncito rico que nos ofrece a todos. Un esfuerzo de voluntad, que hay que seguir, no nos sobra el tiempo y nos estamos aburguesando. Dejo bien claro que estén muy pendientes de Marc. Nos despedimos y partimos con buen humor a afrontar la siguiente subida, hasta el paso que se veía desde la Marmontana, la Crena di Lei. ¿Raro nombre, no? Roberta ya me había explicado la fascinante diversidad lingüística de este valle, en el que el aislamiento ha permitido que en aldeas separadas por poquísimos kilómetros se hablen cuatro idiomas: italiano, francés, alemán y valdostano. El tiempo se pone fosco. Un primer tramo en el bosque y enseguida salimos a terreno de prados. La subida no es demasiado larga y en el paso, literalmente un tajo en la roca, Javier me saca las que serán las dos últimas fotos con mi cámara. Soy muy vago para sacar fotos, y el cuarto día de carrera ya iba pensando en otras cosas.

Nuevo cambio de valle. Muy abajo, un amplio valle muy verde y semioculto por nubes bajas, imagino que debe de ser el del Lys. Se ve un pueblo grande. Entre nosotros y la civilización se interpone un terreno aún más duro que el anterior. A ratos el camino está bien trazado, pero más frecuentemente consiste en saltar por un inmenso roquedal, un sube-baja que acaba por hacerse pesado, y yo vuelvo a sentir que mis pies sufren. Al poco de iniciar el descenso nos supera el amigo italiano, que está bajando rápido y bien. Poco después, tras trepar a una de las miles de rocas desperdigadas en aquella ladera, lo vemos hablando con una chica. El continúa y enseguida llegamos a su altura. Es francesa y va fundida. Confiesa que no puede más, que simplemente sus piernas se niegan a seguir subiendo. Pregunta que dónde está el Passo della Vecchia. Y yo, estúpido de mí, con el mapa en la mochila y sin haberlo mirado, deseando escapar de aquel pedregal infame y llegar a los verdes valles, le contesto frívolamente que ya lo hemos debido pasar, sólo que lo hemos hecho en bajada. Suspiro de alivio… y mentira piadosa, aunque involuntaria. Dice que tiene un amigo en Niel y que la recogerá, que sigamos. Me siento realmente mal por ella, y a los pocos metros me vuelvo y le pregunto si tiene mal de estómago, porque tengo unas pastillas que van bien para eso, pero no. Es sólo fatiga. El cuerpo que ha dicho basta.

No transcurre mucho tiempo antes de darme cuenta de mi error. Llegamos a un refugio donde hay instalado otro avituallamiento y se confirma que el Passo de la Vecchia es aquello que se distingue allá, un poco más lejos, tras una suave subida por la ladera. Un collado como Dios manda, ancho, bien marcado. Por el otro lado trepan las nubes. Joder, qué largo es esto, pero bueno, parece que una vez allí ya abandonamos el terreno pedregoso y que hay un buen camino que nos llevará a Niel.

Y efectivamente, el camino mejora, y es un alivio. Al principio desciende suavemente, demasiado suavemente para mi impaciencia, aunque mis pies agradecen la tregua. Poco a poco pasamos del terreno abierto al bosque; por fin la pendiente aumenta, y con ella las ampollas vuelven a hacerse presentes. Pero bueno, ya estamos a 1600 m y el valle muy cercano. Nos queda poco. Apenas 150-200 m. Pero lo raro es que encontramos una señal que indica a Niel 1h ó 1h y pico. Oh, oh, aquí hay truco…

Y tanto que truco. De pronto, rampón hacia arriba. Estas sorpresas son demoledoras para las piernas, ya hechas al descenso. Me empiezo a cabrear. Estas subidas de propina nunca gustan, pero lo que más me fastidia es que suponen un desnivel en descenso adicional. Adelantamos a algún corredor con aspecto de ir muy tocado y nos cruzamos con personas que nos preguntan por otros participantes. Dos voluntarios con cara de preocupación nos preguntan si hemos visto, y dónde, a una chica francesa…

Pero bueno, ahora sí que falta poco. Finalmente llegamos al fondo del valle, cruzamos un puente y remontamos por la ladera opuesta. Niel es una aldea muy modesta, pero el avituallamiento está muy bien montado. Aquí hay control de tiempos, y encontramos a otros participantes. Se retiran.  Es en este punto cuando me hago plenamente consciente de que soy EL ULTIMO, y que a mi alrededor el “coco” del abandono está devorando a mis compañeros. Nos tomamos un merecido descanso, pero yo empiezo a ponerme nervioso. Realmente peligramos. No tanto por el fuera de control, sino porque asumo que no voy a poder dormir en la base vita. Bueno, habrá que comer algo… Acabo dándole duro al salame, junto con la sopita de rigor. A las siete y cuarto llega la hora de partir, nos quedan seis horas escasas de margen. En el control todos nos ovacionan. Quien ha participado en el Tor sabe lo que se siente y lo que se agradece… Los primeros metros son por una pista empedrada. Anochece, recuerdo vacas pastando, después un montañero que bajaba en la penumbra… y Javier enrabietado, poniendo un ritmo criminal. Iba pidiéndome hora y altitud periódicamente. La primera mitad de la subida, medida en metros de desnivel, la hicimos a ritmo satisfactorio, estábamos ya cerca de los 1900 m. Pero a continuación la pendiente se hizo más irregular y nuestro ritmo decayó. El col Lauzoney se nos estaba haciendo muy duro.

Noche cerrada y de pronto, voces allá abajo. Poco después avistamos luces. Parece un grupo numeroso, con niños incluidos. Sólo puede ser una cosa. LA ESCOBA. Mi primer contacto con la patrulla de cierre, la prueba de que estábamos flirteando con el fuera de control. Y pese a nuestros esfuerzos, se nos echaban encima. Veo a Javier tocado y le doy el relevo. El no protesta. No voy sobrado, pero aún así debo frenarme para no descolgarlo. Nos alcanza la escoba. Seis o siete personas, de los cuales dos o tres eran críos de 8-10 años. Yo, ansioso por coronar de una vez aquel collado interminable, cojo unos metros de ventaja sobre el ahora numeroso grupo y en cuanto el camino se desdibuja un poco me desvío unos metros. Un chico del grupo se pone en cabeza y nos lleva por la buena vía. Mientras tanto Javier es víctima de una crisis de sueño. Debemos hacer alguna breve parada, le dan algo de comer, le hacemos caminar arropado dentro del grupo. Estoy impresionado.

Finalmente llegamos arriba, todo llega, sin duda debe de abrirse ante nosotros un paisaje precioso, amplísimos prados pastoriles, un descenso largo y suave, nos dicen… La luna brilla allá arriba. Bajamos lentos, Javier literalmente se cae, se queda dormido de pie, tenemos que sujetarlo. Ante una crisis así, los problemas de mis pies me parecen pecatta minuta. Me siento despejado, bajo confortablemente, converso con las chicas de la escoba…, pero el cerebro comienza a resentirse de la falta de sueño y del estrés psicológico, y mi capacidad de análisis y decisión se reblandecen.  ¿Quiero seguir? ¿Estoy asumiendo que hasta aquí hemos llegado? Si no recuerdo mal coronamos en torno a las 21.30-21.45. Algo más de tres horas en descenso limpio deberían consentirme llegar antes de la una, pero bajábamos muy despacio, y luego estaba el tema de no dormir. No, yo me dejo llevar, me evado, ya veremos, ya me arreglaré de algún modo. Podría abandonar el grupo y bajar por mi cuenta, pero no iba a dejar tirado a Javier. Salvo que se diera por vencido, que no pudiera más, intentaríamos llegar juntos. Además se supone que la escoba te “empuja” para que entres en tiempo, y yendo con ellos nos ahorramos la tensión de no perder el buen camino. Vale. Pasamos un control, y poco después alcanzamos una baita, donde el grupo decide hacer una parada. Javier me dice que continúe solo, que yo todavía tengo opciones, pero los escobas aseguran que llegamos a tiempo, que tranquilo. Sentados en torno a una mesa, calentitos, comemos algo. Ellos están muy relajados, y yo cada vez más nervioso; ya les he avisado de mis problemas de ampollas, y de que no estoy en condiciones de bajar “a tumba abierta”, precisamente. No sé si estuvimos casi media hora, se me hizo muy largo. El caso es que Javier consiguió recuperarse. Probablemente le dio una hipoglucemia, consecuencia de haber empezado la subida demasiado rápido. Ahora venía lo peor. Los alegres y frescos pastos quedaban atrás. El camino entraba en el bosque y bajaba decidido. Y lo que es peor, era un camino “de piedras”. Del tamaño justo para hacer sufrir a los pies, y los míos ya estaban muy castigados. El chico que parecía el jefe del grupo puso un ritmo muy fuerte y para mí cada paso era un dolor; más de una vez tuvo que reducir porque yo me descolgaba. La parte buena era que estaban decididos a meternos en tiempo, pero íbamos muy justos. Las luces que anunciaban la llegada a la carretera produjeron general alborozo; serían sobre las 11 y cuarto, no obstante, aún nos quedaba un trecho. El “odioso” asfalto era una bendición para mí. Metiendo caña y en leve subida iban pasando las casas. “Llegamos, tranquilos, llegamos, pero no nos podemos parar”. Y sí, llegamos. Al polideportivo, a la una menos diez. Rápido, el gesto mecánico del control del chip. Hay bastante gente, aplausos. Me siento perdido, y caigo en que allí están Albertxo y compañía, que ya se están haciendo cargo de nosotros. Pero antes se despeja la duda. Un poco de manga ancha, más o menos lo esperaba, pero había que verlo. Me controlan el chip una segunda vez, y me dicen que aún tengo unos minutos y que puedo ducharme y comer algo. Ya he fichado para la salida, sigo en carrera. Así que rápidamente abro la bolsa amarilla, toalla, jabón, camiseta, gayumbos limpios… vale. Es la una y avisan al grupo principal de corredores e que tienen cinco minutos para salir ¿Dónde están las duchas? Me desnudo como puedo, me duele todo, los vendajes de los pies aguantan, más o menos, pero se me ha desprendido uno en la base del pulgar y se me ha reabierto la llaga que me había descubierto 24 horas antes. EL chorro de agua caliente sale hirviendo, casi mejor, asi no hay tentación de distraerse. Me seco, me visto, salgo, y medio dormido pido algo de comer, ya están recogiendo pero no hay problema… Pero el “equipo de apoyo” ya se me ha adelantado y me tienen preparada la pasta y el salame. Gracias chicos! Lástima que es la una y veinte y se acabó el período de gracia. Me dice un tipo muy serio que en cinco minutos tengo que estar fuera; cuando le pido quince minutillos para poder comer me dice que nones, que venga, que fuera. A Javier tienen que ir corriendo a sacarle de la ducha. Ingiero tres lonchas de salame, corro a la bolsa a por los calcetines. Mierda!! Se le sale la cremallera. Menos mal que tienen a mano bolsas vacías. Albertxo me ayuda a transferir a toda prisa mis cosas, fuera chanclas, me pongo los calcetines, las botas sin atar y corriendo fuera. Salvado!!

Nada de qué quejarse. Los voluntarios siempre se han portado con amabilidad y solicitud, pero es lógico que nos echaran. Aunque desde el punto de vista deportivo el control que cuenta es el de entrada, y un poco de flexibilidad con el de salida es razonable (además, que fue la propia patrulla de cierre la que casi me obligó a parar en la cabaña durante la bajada, perdiendo cerca de media hora), la logística del Tor es muy compleja, y los voluntarios deben tener una hora fija para empezar a desmontar la base vita y transferir las bolsas a la siguiente. Así que es normal que sean estrictos, y no olvidemos que ellos también se cansan.

En la Crena di Lei, poco después de cruzar el ecuador de la carrera

Tor des Geants 2011. De Cogne a Donnas

He conseguido maldormir una o dos horas. Llego a esta conclusión porque mis vecinos ya no son los mismos que recordaba, y no les he visto marchar ni llegar. La alarma del móvil ha sonado, no tengo claro si dormía o no en este momento. He dormido vestido para salir y con el dorsal puesto. Reconozco dos catres más allá a mi amigo japonés que también se está levantando. Sólo tengo que recoger la toalla de la ducha que he dejado colgada de una percha en los baños para ver si se secaba algo. Momento de pánico cuando veo que ha desaparecido… pregunto a los voluntarios que vigilaban el dormitorio; en principio no la identifican, pero finalmente aparece en la bolsa de “objetos perdidos”. Cuando se apuran tanto las barreras horarias cualquier pequeño contratiempo te pone muy nervioso, pero cumplo mis planes y me acerco al pabellón principal para desayunar algo. El estómago sigue ávido de material alimenticio. Café en abundancia, algún bollito y a pasar el control de salida 10 minutos antes del cierre. Salgo en la oscuridad, la misma oscuridad y la misma noche de mi segunda entrada triunfal. Han pasado apenas cuatro horas. Estoy solo, pero no me molesta, me concedo unos momentos para recrearme en el pensamiento de que “hoy” finalizaré la Alta Via 2, que alcanzaré el fondo del valle en Donnas, que estoy penetrando de lleno en la Terra Incognita, no tanto en sentido geográfico, porque la zona de Dondena la conozco bien, sino en el de mis propios límites físicos. EL camino es cómodo hasta Lillaz, por una pista paralela al río que discurre entre arbolado. Finalmente cruzo un puente y retomo la carretera asfaltada según se va entrando en el pueblo. Apunta el alba y yo supero a … pues a quién si no!, a mi amigo comedor de sushi! A diferencia de la bella de la noche anterior, a éste sí le volvería a ver muchas veces.

El libro de ruta marca la subida a la Finestra de Champorcher como muy larga y tendida, pero yo no esperaba ninguna regularidad en las pendientes por mucho que el perfil así lo indicara. Y efectivamente, así resultó ser. Dentro de Lillaz, una indicación a la izquierda y el sendero que arranca decidido hacia arriba. Se acabó la calma. Inmediatamente reconozco el sendero empedrado que recordaba haber visto en el DVD de la carrera. La humedad de la mañana hace sudar, y la regla de parada cada media hora para beber, que sigo escrupulosamente, se revela providencial. Agradezco enormemente esa primera parada, que aprovecho para quitarme la frontal. El bosque se ha despejado algo y me permite disfrutar de la visión de la “aurora de dedos de rosa” coloreando dulcemente con esa tonalidad la mole de la Punta Rossa della Grivola  (y detrás, la misma Grivola) sobre Cogne. Llego a un cruce de senderos y enfilo en dirección a un espolón de roca sobre la garganta que forma el río. Hay una especie de instalación hidroeléctrica, el sendero se estrecha pero supera el obstáculo sin mayores problemas. Más allá el terreno se dulcifica, llegando entre prados a un alpe donde hay instalado un avituallamiento líquido. Rehúso el té que me ofrecen y simplemente relleno la cantimplora. Ya estoy en unos 2000 m. El camino sigue en falso llano, cruza el río y empieza a subir nuevamente entre alerces y abetos. Encuentro a un corredor dormitando a un lado. La pendiente se hace dura a ratos, pero en general se trata de un paseo agradable, el bosque rado, los afloramientos de mármol verde y la luz otoñal le dan un aire melancólico. Más cabañas (baitas, que dicen por aquí), el bosque abierto indica que ya estoy a bastante altura, y el sol que ilumina completamente la ladera amplia y desarbolada frente a mí, orientada al sur. Alcanzo un paraje muy abierto, amplias praderas, el río allá a la izquierda y aún más allá, en la montaña frente a mí, reconozco la pista transitable que sube desde Lillaz al Refugio Sogno. Tengo ganas de llegar y según el altímetro faltan 200 m escasos. ¿Será el refugio aquel edificio sobre la loma? No…, demasiado cerca. He aumentado el ritmo. Cruzo una zona encharcada, avisto otro corredor delante de mí, a quien termino por superar, y finalmente identifico el refugio, que me parece aún lejano. El camino acaba llevándonos a la pista, un par de curvas y, voilà, el Refugio Sogno di Berdzé. Son aproximadamente las nueve y la acogida es cálida. Dentro del refugio hay cuatro corredores más, al que se agrega el que había adelantado poco antes, un profesor turinés nacido en Gressoney (uff, qué lejos me parece que queda eso). Hay control de chip y avituallamiento de líquidos y algunos dulces. Yo tomo un café y vuelvo a rellenar al cantimplora. Todavía tengo reparos en meter sólidos al estómago en pleno esfuerzo, pero la respuesta sigue siendo óptima. Algunas horas después daré el golpe de gracia a este fantasma, pero ahora restan 300 m de desnivel hasta la Finestra. Es necesario partir antes de acomodarse más de la cuenta en el refu. La pendiente es sólo moderadamente dura, aliviada por las amplias zetas que traza el sendero, pero la horrorosa torre de alta tensión de la superlínea “Fénix”, procedente de Francia, colocada en el collado y visible desde muy lejos, parece todavía lejana. El sol pega fuerte y agradezco un tramo a la sombra de la pared Oeste de la montaña. Adelanto a la pareja que había salido del refugio poco antes de mí y al cabo de media hora larga alcanzo feliz la enforcadura, donde encuentro a dos voluntarios y un guarda del Parque del  Monte Avic. Por una parte estoy contento pensando que se acabó la subida por hoy, pero por otra me doy cuenta de que ese “por hoy” tiene poco sentido, ya que la terrorífica cuarta etapa no me aguarda “mañana”, sino “después”. Y además empiezo a adivinar ciertos problemas en mis pies que me pueden amargar la bajada.

Ampollas…

Para abajo, e inmediatamente sé que lo voy a pasar mal. La primera parte tiene tramos entre grandes rocas que no permiten correr mucho. Llegando al famoso lago Miserin la cosa mejora. Es un lago artificial y resulta más grande de lo que pensaba. Allí mismo, cerca del Santuario de la Madonna delle Nevi, una fuente de agua fresca donde remojarse y rellenar la cantimplora. Ahora llega la pista, y lo agradezco, cuantas menos piedras mejor. Maldigo una desviación que permite atajar una curva de la pista, pero que nos lleva por un sendero rocoso que me machaca los pies. Luego la cosa vuelve a mejorar, alcanzo el cruce de la vía al Mont Glaciar, cuya cara sur abrasada por el sol reconozco bien. Hace cuatro meses anduve por estos mismos parajes; era un día también muy caluroso y de vuelta de la cumbre a las tres de la tsrde uno se hundía en la nieve hasta casi medio muslo. Donde antes había nieve ahora hay polvo, y se avanza rápido. Antes de lo que había calculado, por tanto, llego al refugio Dondena, donde hay otros corredores, una guarda del refugio la mar de simpática y un avituallamiento decentillo con fruta, dulces y “salatinis”. Me como una naranja, que está jugosísima y me entra de miedo, cargo agua y retomo la marcha, esta vez en el seno de un pequeño pelotón. Atajamos las curvas de la pista por trazas de sendero entre la hierba, y todos, salvo una chica con problemas en una pierna, me toman la delantera, pero a mí los pies me duelen y no me permiten ir tan rápido como podría. Por primera vez soy consciente de que ESTOY PERDIENDO TIEMPO, de que mi organismo me permitiría bajar mucho más veloz pero un problema estúpido me lo impide. Creía haber perdido todo mi colchón de seguridad el primer día, pero no era cierto. De no haber sido por el recurrente problema de las ampollas, que no me abandonaría hasta el final, habría podido ir bastante más holgado, dormir más y por tanto avanzar aún más rápido.

La bajada a Chardonney por prados de hierba tierna, entre majadas ganaderas, es una gozada, pero no pude correr nada, me limitaba a relajar los pies al paso. Después, el bellísimo sendero de “las escaleras”, en paralelo a las cascadas del río, se convirtió en una tortura; bajé lentísimo, hasta me tuve que parar dos veces, quitarme las botas, tratar de eliminar todas las arrugas de los calcetines… Se cruza un puente sobre el torrente. En circunstancias normales habría sacado la cámara y disparado a placer, se trata de un paraje precioso, pero estaba quemado (yo diría hasta un poco cabreado), sólo quería ver un poco de asfalto, o al menos una superficie más o menos lisa y regular. Allá abajo, bastante cerca ya, se intuía la civilización. Y con un suspiro de alivio llegué al avituallamiento de Chardonney. Eché un ojo al surtido de viandas y bebidas sin reparar en un principio en que justo al lado estaba Javier. Creo que fue él el que me llamó la atención, y la verdad es que me llevé una gran alegría, pero al mismo tiempo me sorprendió porque le daba ya, si no en Donnas, muy cerquita. Según parece se había echado una señora siesta al sol hacía poco, lo que le había “retrasado”. Le encontré muy animado y optimista. En fin, que después de beber un poco y a la vista de los apetitosos productos cárnicos allí expuestos, me tiré a la piscina. O sea, a degüello a por la mocetta y el salame, hasta el punto que tuve que contenerme porque me empezaba a dar un poco de vergüenza la avidez con que más que comer, devoraba. Ya metidos en harina, pues a por el dulce, y a experimentar con unos extraños palotes de color marrón que ya había visto en otros avituallamientos; resultaron ser unos dulces con sésamo más que aceptables.

Decidí reanudar el descenso antes de que se me enfriaran los pies y me costara aún más caminar. Javier permaneció un poco más en el avituallamiento, me despedí de él con un “hasta muy pronto”, ya que daba por seguro que me alcanzaría en breve. Y tan en breve. Habría recorrido unos 500 m en suave descenso cuando se me ocurre echar la mano a la mochila y echo en falta un bulto en la redecilla exterior. La cantimplora!! Me la había olvidado en el avituallamiento! Pues nada, vamos a hacer un kilometrillo más, de propina. De vuelta me cruzo con Javier, recupero la cantimplora y de nuevo hacia abajo. Contrariamente a lo que pensaba no íbamos a pasar por Champorcher, estábamos siguiendo un camino que permanecía a la derecha del río, adentrándose en el bosque. Un camino muy agradable, incluso con algún paso relativamente expuesto, pero que nos regalaba numerosas cuestas arriba y que durante interminables minutos se negaba a bajar. De nuevo el perfil del libro de ruta se revelaba engañoso, muy engañoso. Nada de plácido y dulce descenso, no. En un  momento dado, como era de esperar, el camino empezó a bajar a pico, con el consiguiente sufrimiento. Mi cabreo iba en aumento, y me desahogué con Javier, poniendo a caldo al figura que había elaborado el roadbook. Finalmente interceptamos la carretera, en el km11. Yo sabía que Champorcher estaba en el km14, así que teniendo en cuenta el tiempo que llevábamos desde la salida de Chardonney debíamos de haber dado un rodeo más que considerable. De aquí a Pontboset quedaban 4 km, aunque esta vez la ruta era más directa y razonable. Pero al llegar al avituallamiento líquido de Pontboset, bajo un calor impropio de Septiembre, no pude evitar preguntar al voluntario, con exquisita educación pero manifiesta sorna, si los desniveles anunciados hasta Donnas eran igual de fiables que los anunciados de Chardonney hasta allá. El tío me replicó amablemente, pero bastante serio, que no era verdad que la distancia y el desnivel oficiales estuvieran subestimados. Aunque, evidentemente, lo estaban.

Tras descansar un rato y ser alcanzados por un curioso personajillo, un italiano finisher de 2010 que hablaba con un tono quedón que le hacía parecer ligeramente alucinado, partimos camino de Donnas. Nos esperaban más de 200 mde desnivel de una subida bastante dura, aunque siempre por sombra. Cruzamos un torrente que formaba una `preciosa cascada y una poza que invitaba al baño. Javier echó un trago de agua fresca mientras mis pies reclamaban un chapuzón. Pero no había tiempo, por desgracia, no se podía perder la disciplina, porque no nos sobraba tiempo. A partir de ahí se inició la bajada que nos llevó hasta el asfalto en Hone. Atravesamos Bard, pasando bajo el característico fuerte, cruzamos el arco de la calzada romana, nos detuvimos a contemplar las evoluciones de un escalador en una pared equipada justo sobre nuestra ruta, y tras recorrer casi 5 kmdesde Hone llegamos a las puertas de Donnas, donde una banderita un poco torcida, un letrero tramposo y una fe ciega en la voluntad de los organizadores por depararnos sorpresitas que evitaran el tedio en un camino tan largo nos hizo poner la guinda a la excursión de aquel día. Un sendero muy empinado, con escalones tallados en la roca y un cable, trepaba por la pared. Me meto por ahí, y en la primera curva aparecen unos pernos para facilitar la trepada. La cabra que llevo dentro me impulsó a seguir escalando unos metros más, hasta que llegué a la conclusión de que no podía ser por ahí. Primero, porque había pasos de I o I+ UIAA, y eso estaba fuera de lugar. Segundo, porque la ruta continuaba en dirección contraria a la esperada, alejándose de Donnas. Así que decidimos llamar a la organización, y nos dijeron que había que entrar en el pueblo, todo recto. Destrepamos, volvimos a la carretera, entramos en el casco urbano y a los pocos metros vimos otra banderita. Ya no había confusión posible. Aún así tuvimos que atravesar todo el pueblo, ya que la base vita, como era de esperar, estaba en la otra punta. Nos cruzamos con la furgo de Albertxo y compañía, que marchaban ya para Gressoney. Y al poco, llegamos por fin a nuestra meta. Y añadí a la colección el tercer pin o medallita, consistente en los cinco picos emblema del Tor con la inscripción de cada uno de los fines de etapa, o “metas volantes”. Pensé que la Alta Via 2 estaba hecha, y que si tuviera que retirarme lo haría muy dignamente y con una buena kilometrada en las piernas. En fin, aún no se había hecho de noche y quedaban más de 6 horas para la barrera horaria. Todo un lujo. Primero la ducha, a la salida de la cual encuentro a nuestro amigo italiano, el “alucinado”, que sale en albornoz y recién duchado… del baño de señoras!! Todo un personaje. A continuación una larga espera para ser atendido de mis ampollas, pero no me estreso, quizás porque el chico al que están atendiendo, y que debe de ser inglés o americano, parece tener algún problema más serio, ya que le están controlando el corazón; aparentemente está bien, pero ha debido de pasar algún pequeño susto. Finalmente habilitan una segunda camilla y la doctora se pone manos a la obra con mis pies, que le dan trabajo durante un buen rato. Es meticulosa y siento que el apaño me puede permitir llegar hasta Gressonney; creía firmemente, supongo que como casi todos, que si superaba la siguiente etapa tendría derecho a empezar a soñar.

Siguiente paso, la cena, que tomo junto a Javier y Michel, que ha decidido retirarse por un problema en las rodillas; el tío iba como una moto y de hecho no se le veía fatigado, pero la suerte le volvió la espalda. Discuto con Javier sobre la estrategia a seguir, y no nos ponemos de acuerdo. El es partidario de salir pronto y ganar un buen colchón de tiempo sobre la barrera horaria; sobre el dormir, ya se improvisaría. Yo por el contrario sentía la necesidad de dormir ya, preveía que si continuaba caminando sin haber descansado mi rendimiento bajaría muchísimo. El problema podría ser, como siempre en las basi vita, el ruido y el trajín de la gente que llega y se va, pero yo ya sabía que la única ventaja de andar coquetendo con las barreras horarias es que se puede descansar con mucha más calma ya que no queda casi nadie en las habitaciones. Y así fue. Tras despedir a Javier subí al dormitorio a las nueve y media; había

poquísima gente. Casi todos habían salido ya, supongo que atemorizados por el tremendo etapón que teníamos por delante. La cama era cómoda. Poco a poco me fui adormilando, una última mirada al reloj, las diez… Abro los ojos, pero el despertador no ha sonado, el reloj me dice que son las doce y cuarto. La cama vecina a la mía, que ocupaba una chica, está vacía. Conclusión: he sido capaz de dormir DOS HORAS, y con un sueño de calidad. Dos horas, Dios mío, en un día normal eso significaría una noche horrorosa e insomne, pero ahora me parece un lujazo. Vagueo un poco hasta convencerme de que no voy a volver a dormirme, y con el despertador que sonará en 45 minutos no me compensa. Así que decido levantarme y salir antes de lo previsto (lo previsto era apurar la barrera horaria). Bendita decisión!

Tor des Geants 2011. De Valgrisenche a Cogne

La segunda jornada la inicio naturalmente en la cola del pelotón, y ya iba haciéndome a la idea de que ese habría de ser mi sitio hasta el final, fuera donde fuera. Tenía la sensación de haber quemado mi margen de error el primer día, pero el haber sobrevivido a la primera gran crisis me hacía afrontar la “etapa reina” con cierta confianza. Como iba diciendo, cola de pelotón. En una parada justo antes de abandonar el asfalto para tomar el empinado sendero que se adentraba en el bosque veo llegar a lo lejos al amigo japo de ayer. Y también he visto a dos corredores que se han dado la vuelta. Retirados. Mal rollito. Ataco la pendiente y al poco me cruzo con el italiano con el que compartí el descenso de la Crosatie ayer (ayer…, bueno, hace cinco horas, pero afortunadamente en mi cerebro se ha establecido la distinción entre ayer y hoy). Me dice que las piernas no le van, que la pendiente es dura, que no puede, y me desea suerte. Ante esto pocas palabras se pueden decir; Mi dispiace. Yo me siento afortunado de poder continuar. Noto el cansancio de ayer, pero a mi ritmo voy avanzando. Según el libro de ruta, la subida a la Fenetre es larga pero no muy dura, y efectivamente al poco tiempo voy saliendo del bosque y la pendiente cede, avanzo a media ladera sin demasiada fatiga. En esta zona adelanto a uno de los ilustres veteranos, calculo que será uno de los cuatro over-70 que han tomado la salida. Como es natural, sólo se puede sentir admiración, y casi dan ganas de hacer una reverencia al pasar. Llego a un alpe, me pregunto si será ya el Chalet Epée, estoy a 2100 m y no recuerdo bien a qué altura se encontraba. Yo me sigo parando disciplinadamente cada media hora a beber y en una de estas aprovecho para fotografiar los glaciares de la Grande Sassière a la luz del amanecer, así como el Rutor, ya convertido en pasado en esta carrera. El camino pega un arreón de pendiente y ahora sí, llego al Chalet Epèe, en el que el guarda parece estar recogiendo el tinglado; le pregunto si hay control de chip y me contesta que no.

Un poco más de subida entre rododendros y alcanzo el gran plano que precede a la subida final a la Fenetre. El río corre tranquilo, a mi derecha hay montañas poderosas que aún conservan neveros. Ambiente plácido, luz casi otoñal, soledad absoluta. ¿Dónde está la Fenetre…? Sigo avanzando y consigo individualizar la serpentina que remonta la ladera frente a mí. Distingo a un corredor cerca del collado, estáclaro por dónde hay que ir. Con calma llego arriba. Ante mí se abre un nuevo valle, el de Rhemes, muy verde y sorprendentemente cercano. El camino baja a saco, correteo algo pero hay que tener cuidado. En un rellano herboso que interrumpe brevemente el descenso supero a un corredor que se ha detenido a descansar. Pronto prosigue la bajada, sin tregua. Alcanzo los verdes prados de Rhemes y la poca gente que encuentro me ovaciona. Me gusta, claro que sí, me siento arropado, me siento un poquito héroe, qué facil es halagar la vanidad. Llego al control, soy el único corredor y me informan de que detrás de mí sólo hay cinco más. Me ofrecen de comer pero yo sólo bebo una Coca-Cola. Después de la crisis de ayer he decidido no comer nada sólido hasta no hacer una parada de al menos dos horas. Estrategia bastante arriesgada, los del avituallamiento me dicen que tenga cuidado, y también que ha habido mucha gente con problemas de estómago, y que éste ha sido el principal motivo de las retiradas habidas hasta el momento.

Bueno, pues un grazie di tutto, ragazzi, y a hincar el diente al primer bicho. Había establecido una comparación con el ciclismo y se me había ocurrido que lo que me quedaba, Entrelor + Loson, venía a ser equivalente un Mortirolo + Stelvio. Mi Mortirolo particular empezó como se esperaba, pendiente decidida, todo para arriba. Afortunadamente esta primera parte transcurría dentro de un tupido bosque; y es que el calor se empezaba a notar demasiado para mi gusto. A cota 2100 aproximadamente se llega a un crucero, el bosque desaparece e inicia un plano donde el camino sube más suavemente, cercano al curso del arroyo que drena el glaciar del Entrelor, de frente a mí. Nuevamente empieza el juego de localizar el paso, sabiendo que la Cima de Entrelor es un 3400 y el col es 400 mmás bajo. El camino va recuperando pendiente, empieza a trazar zetas y no queda otra que apretar los dientes y armarse de paciencia. Alcanzo a otro corredor que descansa tumbado en una gran roca, y me da la impresión de que tiene algún problema, pero parece dormir y no le molesto. Metros después yo paro para beber y tomar aliento, y veo que él empieza a moverse. Rápidamente continúo y al poco tiempo él hace lo propio, pero aunque mi ritmo no es precisamente rompedor le voy sacando más y más ventaja. Hace un calor del copón, pero estoy consiguiendo subir a un ritmo regularísimo de 250 m cada media hora desde abajo del todo. A 2900 m ya huelo el paso, me acelero un poco, pierdo el camino y el aliento. Un poco de hacer el cabra, las ganas me pueden, avanzo a trompicones, pero al final llego al hito del col. Hay cuatro excursionistas más, yo me siento a la sombra del hito, con las piernas colgando en la vertiente de Valsavarenche. Me siento fatigado, pero el estómago se va portando. Inicio la bajada y enseguida me encuentro un inesperado avituallamiento líquido, pero no cojo nada, voy sobrado de reservas. La bajada se me hace cómoda, me encuentro a unos fotógrafos que me inmortalizan, supero a algún otro corredor, paso unos lagos muy chulos, alcanzo un alpe y… voooow! Sombra! El camino penetra en el bosque. A buen ritmo alcanzo el control horario y avituallamiento de Eaux Rouses.

La media hora escasa que pasé bajo el entoldado del control la recuerdo como una de las más plácidas de la carrera, charlando con los voluntarios y con un fotógrafo español que estaba haciendo un reportaje sobre el Tor (y con el que me había cruzado un par de horas antes), bebiendo tranquilamente y preparándome para atacar el gran monstruo. Además, me dieron la medallita de la “meta volante” de Valgrisenche. Sabía que el año pasado tenían un detalle cada vez que se llegaba a una base vita, y me había sorprendido que en Valgrisenche no me dieran nada.

La subida al Loson había que tomársela sin prisas. Yo a lo mío, parada cada media hora para beber e intentar mantener el ritmo constante de 250 md. Ya no estoy tan solo como en el Entrelor. Al poco de empezar la subida supero a un par de italianos; uno de ellos habla a voz en grito por el telefonino. El camino transcurre en esta primera parte casi siempre a la sombra. Dos parejas de corredores delante de mí, yo me pongo a rueda. El ritmo es un pelín mas bajo que el mío propio pero me conviene. Además si adelanto en cuanto pare a beber me superan… La chica que va delante de mí lleva la cara roja, roja, parece que va justita. Poco después de la cota 2000 adelanto a los cuatro y me voy solo hacia el punto de agua de Levionaz desot. Es una gozada echar un trago del agua fresquísima que mana de la fuente. Aquí hay un área recreativa y de picnic, pero ahora no es momento de picnic para nosotros, los locos del Tor. A partir de aquí el camino deja de subir y gira 90º a la derecha, cogiendo una media ladera que poco a poco baja casi hasta el curso del río. Hemos entrado en zona de sombra.

El camino remonta el valle sin cruzar el río. Las señales son claras, pero por un momento dudo. El col debería estar a mi izquierda, cruzando el río, pero esto sigue recto… ¿Será que el sueño ha embotado mi capacidad de orientación? Por fin el camino vuelve a subir, pero se aleja del río, hasta que, voilà… todo claro. Hay dos corredores delante de mí y veo que efectivamente el camino acaba por cruzar el río y cambia de ladera. En la parte alta está aún iluminada por el sol de la tarde, la parte baja en sombras. Qué bonitos son los atardeceres en la montaña, sobre todo con la luz tristona de septiembre. A partir de aquí el camino es un interminable sucederse de zetas, siempre ladera arriba. No sé en qué punto de la cresta está el col, pero me parece que todo está muy lejos. Despacio, despacio, voy adelantando a algunos compañeros de fatigas. Tenemos ocasión de observar un nutrido rebaño de cabra montés. No en vano estamos en el parque Nacional del Gran Paradiso y este es su animal “tótem”. De vez en cuando tomo alguno de los atajos que, con fuerte pendiente, cortan las curvas del sendero principal. Va anocheciendo y me encuentro solo en cabeza del magro pelotón de rezagados del que formo parte. El altímetro indica 3000 m. Enciendo la frontal. A partir de aquí inicia una fase de cabreo, entre la oscuridad y el cansancio pierdo el camino varias veces. Las banderitas escasean desesperadamente. Aprovechando mi relativa soledad, dejo escapar retahílas de improperios contra las p… banderitas y el p… camino. De vez en cuando me parece divisar la luz de una frontal muy arriba, o será el catadióptrico de una banderita? Debo detenerme varias veces a tomar aliento, se me ha roto el ritmo y vuelvo a avanzar a trompicones. Finalmente parece que encuentro un camino digno de tal nombre y la luz de la luna revela la enforcadura del collado ya muy cercana. Aaaagh, por fin. Llego arriba, me saco la mochila y busco el botellín de refresco. Pero me encuentro en primer lugar un bollo relleno de crema de albaricoque del Carrefour, que había pillado en Valgrisenche esa mañana. Fue una revelación. Lo que me pasaba es que estaba muerto de hambre. Rompí el envoltorio y devoré el bollo con avidez. Un producto de bollería industrial corriente y moliente me había sabido como un chuletón de ternera con guarnición. Se acabó el ayuno. Inmediatamente noté que no sólo no me sentaba mal,  sino que se volatilizaba en mi estómago, que mi cuerpo lo absorbía como una esponja seca absorbe el agua. Empecé a creer que a lo mejor el estómago se había hecho a la idea y no me daba más guerra.

Quedaba un  largo descenso hasta Cogne. Nada más comenzar veo un refugio de fortuna con luces en su interior. Se abre la puerta y aparece un voluntario ofreciendo agua, té… La verdad es que no nos podemos quejar de cómo nos están cuidando! Yo no tomo nada. Voy para abajo, ni muy rápido ni muy lento. Poco antes del refugio Vittorio Emmanuele me superan dos corredores que no tenía localizados (quizás estaban descansando en el vivac del Loson). En el refugio, acogida de lujo. Entramos entre vítores y encontramos una ambiente festivo. Me tomé una sopa que me supo riquísima, me calenté junto a la hoguera, y conocí a Marc, otro catalán que a pesar de ir “jodidísimo” (mal de estómago), se esforzaba en sonreír y derrochaba simpatía.

Salí contento y con las fuerzas renovadas, esperando un paseo triunfal hasta Cogne, pero válgame Dios lo que me encontré! Al poco rato el camino se desdibujó para convertirse en una traza en un inmenso afloramiento de una roca blanca (talcos ?) sumamente deleznable. El descenso se convirtió en un infierno. La roca tenía mal agarre y

a la luz azul de la frontal devolvía un reflejo blanco uniforme en el que se volvía tarea ardua distinguir los contornos. Incluso cuando apareció una pista ancha esta seguía compuesta de la misma roca y había que andar con mucho ojo de no pisar mal y torcerse un tobillo. Fue en este descenso donde se incubaron los problemas de ampollas que se convertirían en la pesadilla de las etapas sucesivas.

Finalmente se llega a la civilización, pero no es aún Cogne, es Valnontey. El tramo por asfalto se hace largo, son grandes las ganas de llegar, pero después del caminito del Vittorio Sella supone un alivio. Llegados a Cogne no es fácil dar con la base vita, la han puesto en el otro extremo del pueblo. Pero consigo llegar, nuevamente con muy poco margen sobre la barrera horaria, apenas cinco horas (la bajada se ha hecho más larga de lo previst), pero en buenas condiciones. Recibo la segunda medallita, “Cogne”, y pienso que no está nada mal, he superado la etapa reina. Así que ceno, esta vez sin cortarme un pelo, poniéndome hasta arriba de mocetta, del salame de la organización y del que yo llevaba en mi bolsa; me tomo una sopa y arroz. Nuevamente, la agaradable sensación de que el cuerpo absorbe inmediatamente todo lo que le echo. Ducha rápida y a intentar dormir algo. Aquí está peor que en Valgrisenche, no son dormitorios de 10-12 camas, sino un gran pabellón que además tiene adosados los baños, con lo que estamos en semioscuridad. Aún hay bastante gente. Duermo más o menos, a ratos. Una chica con muy buen tipo se está cambiando a escasos cuatro metros. Me da la impresión de que se pasa un cuarto de hora vistiéndose-desvistiéndose y volviéndose a vestir, o a lo mejor es mi cerebro que ya no rige bien la medida del tiempo. Los ojillos se niegan a cerrarse e intentan entrever en la penumbra… Es un momento simpático. Mi cuerpo no debe de estar en las últimas cuando en vez de dormir se dedica a disfrutar de la belleza femenina. Buena señal. Ella finalmente desaparece tras la puerta de la calle. No volveré a verla en toda la carrera. “Mañana” me espera la etapa a priori más fácil y no debería estar nervioso, El único problema es que los conceptos “ayer” y “mañana” están comenzando a perder su significado  real para convertirse en simples referencias que ayuden al cerebro a asimilar la  monstruosidad que estoy haciendo, aprehendiéndola en pequeñas dosis. Pero no puede ser de otra manera.

Tor des Geants 2011. De Courmayeur a Valgrisenche

En primer lugar, lo que es de justicia, un inmenso agradecimiento a los voluntarios. Desde especialistas, como médicos y fisioterapeutas, hasta niños y ancianos a quienes encontrabas a las cuatro de la mañana cocinando, vigilando, transportando bolsas, limpiando, sirviendo los avituallamientos…, y siempre animando, sonriendo y regalándonos, como se dice en italiano, una marcia in più. Un recuerdo especial a los escobas, con quienes compartí mucho kilómetros: Emanuele, Loris, Pier, Danilo, y muy en particular a Luisa; su empuje en los momentos más duros fue importantísimo para mí. Más en general, un “grazie” enorme a la organización, que rozó la perfección; sólo un “road book” manifiestamente mejorable me impide concederles el cum laude.

Siguiendo con los agradecimientos, a los corredores que conocí durante la prueba. En primerísimo lugar, a los miembros del foro de EL Atleta, a quienes sólo conocía por el nick, así como a sus “aledaños”. Debo pedir disculpas por los nombres que me dejo, porque asimilar de golpe un montón de caras nuevas con sus nombres reales y sus nicks no es sencillo. En primer lugar va Javier, con quien compartí tantos kilómetros desde Chardoney hasta el malhadado col Brisson; un excelente compañero, con un arrojo poco común. En Oyace, un par de horas antes de que lo retiraran, se cascó la frase “nosotros no nos retiramos, que nos echen”; esto lo dice todo. Poco antes había tenido el detallazo de esperarme en el bivacco Reboulaz, después de que yo reventara en la subida a la Fenetre de Tsan; considerando lo justos que íbamos de tiempo yo habría entendido perfectamente que hubiera continuado…

Y cómo no acordarse del “equipo de apoyo” de Albertxo y compañía que nos adoptó. Siempre que coincidimos en las basi vita disfruté de su ánimo y colaboración; mil gracias! Esos pequeños detalles que tanto se aprecian cuando llegas hecho polvo y te insuflan energía fresca. Esta carrera es tanto cuerpo como cabeza, y el apoyo psicológico tiene un valor enorme.

Y bueno, los otros corredores a los que no vi mucho… hasta el final, saboreando el triunfo: José, Asís, Marce…

En segundo lugar, el Tor me ha demostrado lo difícil que es prever los males que vas a padecer, y que el problema más inesperado y estúpido puede ponerte fuera de combate. Por eso mismo, hay que intentar pensar en todo y no minusvalorar ninguna posible complicación. En mi caso, mi preocupación obsesiva era el estómago, mi punto débil y responsable del 100% de mis retiradas en carreras. Y el primer día apareció implacable… para no volver y mostrar un comportamiento asombrosamente perfecto durante el resto de la carrera. ¿Qué fue lo que me puso al borde del abandono? No las rodillas, no el cansancio extremo, no la temida rabdomielosis y sus orinas rojas, no el golpe de calor, no… Fueron las ampollas en los pies. Y ni siquiera tuve ampollas de sangre, con lesión en la dermis, ni muy abundantes; mis pies no presentaban un aspecto “gore” ni mucho menos. Se trataba de unas pocas, pero situadas en lugares críticos que me ralentizaban en los descensos hasta la desesperación. Y que me forzaban a flexiones antinaturales que acabaron exacerbando un pequeño golpe en el tobillo, produciéndome una fuerte inflamación durante la última etapa. Y aquí reconozco dos errores y medio: Primero, llevar un solo bastón; la regla de mantener siempre una mano libre del catón alpinista no aplica en esta prueba, no hay pasos técnicos. Segundo, no haber llevado encima material para prevenir/curar ampollas. Y el medio error fue llevar bota ligera de trekking en vez de zapatilla; ventaja indiscutible en adherencia y notable en sujeción del tobillo, pero no estaba diseñada para esta distancia; la planta del pie acababa sintiendo demasiado las piedras del camino. Sé que existen zapatillas excelentes… y también caras. Al final mi problema es que más que corredor soy montañero, y no me he decidido aún a hacer una inversión fuerte en zapas de montaña (bueno, eso sin contar con que calzo un 48 y que normalmente no puedo elegir, tengo que coger lo que haya, y contento si hay algo…)

Y sobre el relato de mi carrera, pues aquí va. El sábado 10 me levanto a las 9, desayuno con calma, cojo las bolsas ya preparadas, al coche, y todo recto dirección Courma. Menos de 300 km. Parar a comer en un área de descanso, salir de la autopista justo antes de Aosta para ahorrarme un buen pellizco en peajes, y llegar a Courma a la hora del café. El primer objetivo era dejar el coche bien aparcado en el parking de corredores, amplio pero aún así insuficiente. Estaba casi completo, pero tuve éxito y conseguí un buen hueco. Pues nada, empezaba la aventura; a pocos metros el conocido acceso al polideportivo de Dolonne donde se retiraría el dorsal. Entro y para mi sorpresa había una cola considerable, se ve que todos habíamos decidido ir a la misma hora. Detrás de mí oigo hablar en castellano; entretener la espera con un poco de vida social era una buena idea… Son Marce, de Vitoria, y Jandro, de Gijón. Ellos me identifican como el “kranx” del foro y al poco rato ya he contactado con el pelotón de los vascos un poco más atrás en la cola. La foto de los vascos en el Tor es casi la de un equipo de fútbol, somos 9… por lo menos. Llega el momento de recoger el material, nos ponen el chip en la muñeca, el par de dorsales, la camiseta, el bolsón… Un pasito más en la excitación. Si todo va bien ese chip debería permanecer en su lugar hasta justo dentro de una semana. Qué lejos queda eso! Qué difícil! Y el caso es que el dorsal 325 es un número bonito. Bueno, mejor no pensar. Un poco de charla ayuda a disipar la tensión. Deposito directamente la bolsa amarilla del año pasado que ya traía preparada y me voy para el hotel. Media tarde, y joder, aquí no paro quieto. Bajar a Courma, comprarme un periódico, cafecito en una terraza, sigo con el culo  inquieto, pero aún no es hora de cenar. Me voy al parque que hay cerca del cuartelillo de los municipales y me siento en un banco. Miro al infinito con cara de trascendencia. A pocos metros un grupo de adolescentes enredando, una parejita un poco apartada magreándose… La verdad es que me parece que estoy en un plan de San Jerónimo que si me pasa delante la Bellucci en bikini ni me inmuto. Bueno, ya son las siete y diez, pian piano se puede ir yendo a cenar. Pizzería ya conocida, cottoletta alla milanese con abundante guarnición de patatas, gelato, y para el hotel. Ultimos controles al material, ver un poco de tele y a la cama. No es una noche perfecta, pero no duermo demasiado mal teniendo en cuenta los nervios. Y que hasta una semana después no volveré a saber lo que es una verdadera cama!

Día11. Adesayunar. Zumo, café con leche en abundancia, croissantitos. El comedor está lleno de corredores y se oye hablar italiano, francés, inglés… Se huele la esperanza y el temor. Qué fresquitos todos, qué ilusionados, je, je, disfrutando de los placeres simples de la vida antes de zambullirnos en esta bendita locura masoquista.

Hacia la línea de salida. Hecho el propósito de no estar con demasiado tiempo de anticipación, ya que la tensión desgasta. Entro en la zona de salida a las 9.45, de los últimos. Allí encuentro a Javier, que va a hacer un bonito reportaje video de la salida en el que apareceré bastante. Llegan las 10.00 y via! No me lo tomé con una explosión de adrenalina, sino con una alegre resignación “bueno, llegó la hora, allá vamos y que sea lo que Dios quiera”. La gente aplaude a rabiar, choca las manos, anima, grita, salen de las tiendas a observar a estos aspirantes a héroe. Es imposible no conmoverse un poco, no echar a correr y atreverse a soñar con este mismo lugar, 150 larguísimas horas después. Llegados a Dolonne hay menos gente, se acaba la fiesta, la carretera pica hacia arriba y hay que empezar a pensar en la táctica de carrera. Despacio, despacio! Dejarme caer a cola. En el arranque del camino al col d’Arp hay atasco. No pasa nada, calma, de hecho es bueno porque impide lanzarse en la primera parte del puerto, muy empinada e insidiosa. A 1500-1600 m se empiezan a observar las primeras caras desencajadas y los primeros corredores parados con síntomas de agotamiento. Yo voy bien, tengo la tentación de compararme con esos primeros agotados, pero no! Yo soy el último de todos, no he demostrado nada y no soy mejor que nadie. Voy hacia arriba a ritmo muy moderado y regular, parando rigurosamente cada media hora a beber un sorbo de agua. Se llega a la pista, la pendiente cede, se cruza la barrera de los 2000 m, vuelve el camino que con amplias zetas y pendiente soportable me lleva hasta los 2571 m del Arp. Me siento bien, dos horas y media, voy de los últimos, todo bajo control, primer collado de los… 25!!! over-2000 que nos esperan. Allá a lo lejos el glaciar del Rutor y sus cascadas, ejem, hacia allá vamos.

La bajada por el valle de Youla es cómoda y escénica pero me trae malos recuerdos. Siempre he tenido, o he comenzado a tener, problemas estomacales, en esta vertiente del Arp. Paso el primer avituallamiento líquido en el Alpe Youla, saludo a Josu y Asís, continúo sin detenerme, a paso ligero pero corriendo poco. Paro en una fuente y ahí conozco a Fernando, del grupo de Tortosa. El sigue a la carrera y yo quedo atrás. Llego a la Thuile a las 14.10. No tomo casi nada, me siento bien, continúo. Maldita sea, qué calor hace. En el tramo asfaltado empiezo a revivir el año pasado, cuando en el mismo lugar y con el mismo calor empezaba a despuntar la crisis que me hundiría. Empiezo a sentir miedo.

La Joux, comienza el camino de los lagos. Todo para arriba. Estoy mejor que el año pasado, sin duda, pero el cansancio se deja sentir. Foto a las cascadas, qué belleza! Avituallamiento líquido inesperado que se agradece de veras. Alpinistas y domingueros que bajan y nos animan (bueno, alguno ni saluda y esboza una mueca de fastidio por el tráfico que hemos formado), algunos corredores detenidos con bastante mala pinta, están apareciendo las primeras crisis estomacales. El paisaje se abre en el rellano antes de la subida final al Deffeyes, y noto que hay un fantasma caminando a mi lado. Ataco con decisión la pendiente y encuentro a Javier, que sube suelto y contento; con él las curvas del camino pasan más rápidamente. Ya estamos en Deffeyes. Estoy cansado y el estómago permanece silencioso, pero algo no va bien, o me lo estoy imaginando, no sé. En Deffeyes hay sopa fai da te. Agua hirviendo a la que se añaden los fideos que nos han puesto en un bol. Un pelín cutre. Mierda, los fideos están “al dente”, no acabo de disfrutar el avituallamiento. Salimos juntos Javier y yo, pero a los pocos minutos le digo que tire para adelante, que yo estoy haciendo la digestión y me conviene ir despacio. Se hace larga la subida a Passo Alto. Adelanto a algunos, los más me adelantan a mí. Me noto flojete, debo parar cinco minutos. Me alcanza Marce, llegamos juntos al col y nos hacemos fotos. Comenzamos la bajada y él me coge ventaja rápidamente. A tramos el camino se vuelve confuso entre las enormes piedras. Justo antes de un salto de  roca donde se perdía la traza el fantasma que me había hecho compañía se materializó. En sólo dos minutos, casi sin tiempo de sufrir. Vomité todo lo que había tomado desde la Thuile. Mismo sitio, mismo momento que el año anterior… Decidí reposar unos minutos, en la esperanza de que el estómago se asentara y todo quedara ahí, en una breve crisis. Pasa el grupo de Tortosa, me preguntan si estoy bien, y yo, por supuesto, miento.

Prosigo, y consigo desviarme del camino. Hago un poco el cabra entre las rocas antes de volver a la buena ruta. Se me está haciendo muuuuuuy largo el descenso a Promoud. Empieza a llover y se oyen truenos a lo lejos. Al cabo de unos minutos está claro que va para largo y me vuelvo a parar para ponerme el gore. El malestar se ha instalado en el estómago y poco antes del control vomito de nuevo. Por fin llego, creo recordar que eran alrededor de las siete; no me siento demasiado mal, muestro el dorsal y con voz firme le digo al voluntario que me siento mal de estómago y que querría reposar un poco. De forma amabilísima (como todos los voluntarios que encontré, no me cansaré nunca de agradecerles su entrega, sus ánimos y su profesionalidad!) me condujo al dormitorio y allí me tumbé, con la cantimplora y una bolsa para el vómito al lado. Bebí un poco. Pero aquello no acababa de mejorar, y volví a vomitar. Hora y media después seguía igual que cuando llegué, pero ya había decidido que la historia no sería como el año anterior. No iba a abandonar, y además aún tenía hora y media de adelanto sobre el año anterior. Ocho y media. Salgo del dormitorio, me pongo los pantalones largos, el polar y el gore empapado, bebo un poco de agua con gas. Me preguntan que a ver si estoy mejor.

“NO, pero voy a seguir”

Aaagh, ni dos minutos, tengo que salir a la carrera del refugio y bajo la lluvia y la mirada de los voluntarios vomito de nuevo. Pero voy a la Crosatie, me dan pavor esos 800 md empinadísimos, pero yo voy…

Dolor, paradas, vómito. Intento no mirar demasiado el altímetro. Llueve y a ratos pega un viento tremendo, ya se sabe, las brisas vespertinas de la montaña. Veo luces en el descenso del Passo Alto. Allá abajo hay frontales que suben hacia donde yo estoy. Me acuerdo de que llevo medicamentos contra el vómito en la mochila. Aunque soy bastante escéptico, me tomo un Vogalib y un Spasmex, que en teoría deberían inhibir las contracciones dolorosas y el vómito; mi estómago está vacío y sólo echo bilis. El dolor sigue, y de vez en cuando padezco náuseas, pero he vuelto a beber agua y aún no la he vomitado. Me alcanza un italiano, que me adelanta pero no me saca mucha ventaja; también va tocado, y luego me contaría que también del estómago. Por fin llega el tramo escalonado final, y se avista la torre característica junto al puerto, pero qué largo se me hace. Por fin, al cabo de tres horas, corono, avisto al italiano parado y pego un grito de alegría con las pocas fuerzas que me quedan; noto que el fantasma ya no está. La noche está hermosa y hay luna llena. Había dejado de llover. Rápidamente tiramos para abajo. Nos alcanza un corredor japonés en el preciso momento en que echamos de menos las balizas. Vamos bajando, tratando de intuir el camino en la penumbra, pero llegamos a un punto en que no se puede bajar más. NOS HEMOS PERDIDO!!! Aún una naúsea. Comenzamos una travesía horizontal hacia la derecha, recuperamos altitud, y cuando estamos resignados a regresar al col para recuperar avistamos a unos trescientos metros a la derecha y a nuestra altura una linterna frontal. Gritos de júbilo en inglés. Thank you! Que nos salía del alma, claro. Resultó ser otro japo, compañero del que nos acompañaba. Para abajo todos contentos, Y me di cuenta de que mi boca ya no estaba seca y que el agua que había echado a mi estómago ya no estaba allí. El latigazo de adrenalina fue brutal, la euforia desencadenada, porque había superado la crisis. Lac de Fond, un poco más adelante parada para mear. PERFECTO!! Y los cielos volvieron a abrirse y cayó agua a cántaros. Nuestro amigo italiano bajaba lento en cabeza de grupo, y cuando el terreno quedó empapado ralentizó aún más. En un cruce dudoso el primer japo cogió cabeza de grupo, se lanzó y yo le seguí. Tenía la mente despejada y ahora no se me escapaba ninguna baliza. Bajo la lluvia y por un camino cada vez más resbaladizo hice un descenso rapidísimo, el mejor de todo mi Tor. Llegamos al asfalto, gran alegría! Me sentía muy bien, metí ritmo ligero y dejé atrás al japonés. Pasar un último control y llegar a la base vita de Valgrisenche a las 3 de la mañana. Mi crisis estomacal me había hecho perder al menos tres horas y colocado al filo de las barreras horarias, pero había que ser disciplinado. Ducha reparadora, CENA en condiciones (qué hambre tenía, hay que ver cuánto salame me eché para el cuerpo) y a dormir dos horas. Algo dormí, es verdad, y el haber llegado tan tarde fue una ventaja, ya que la habitación estaba ya vacía! A las seis y veinte me despierta el voluntario. Café, galletas, un yogur y un zumo de albaricoque y VIA!

Tor des Geants 2011. El desafío

Resucito el blog para dejar el relato de mis impresiones sobre el Tor des Geants 2011. He participado y he conseguido terminar. Después del fiasco del año pasado era fácil dejarse llevar por la racionalidad más despiadada. 332 km y 24000 md a recorrer en 150 horas son cifras que producen vértigo; más aún cuando en las crónicas de participantes de la edición anterior se afirma de modo casi unánime que los números reales, en particular en lo referido al desnivel, son significativamente superiores. No llevé GPS, pero confirmo esa impresión. Ya sólo en la “fácil” tercera etapa el desnivel positivo oficial se refiere exclusivamente a la diferencia de altitud entre Cogne y la Finestra de Champorcher, cuando en el descenso hasta Donnas había intercaladas numerosas subidas que incrementarían ese desnivel en no menos de 400 ó 500 m. Vamos, que usando la cabeza habría sido fácil decidir ahorrarse cinco días de vacaciones, 350 euros y una previsible desilusión bien gorda.

Fuera como fuera, el desafío se salía de todo lo que yo había podido experimentar con anterioridad. Y eso mismo era lo que me daba alguna esperanza de terminar. No sabía si podría hacerlo, pero al mismo tiempo tampoco tenía ninguna prueba de que no pudiera. Mi mayor temor era la respuesta de mi estómago, mi punto débil en todos los trails en que había participado previamente. En cuanto a la falta de sueño, qué decir. Yo soy un dormilón, y mi rendimiento se resiente si duermo menos de siete horas diarias; según esto no tendría ninguna posibilidad, pero nuevamente, quién sabe.

Así que lo hice, me inscribí, y que fuera lo que Dios quisiera. En verano hice montaña más o menos como acostumbro, pero ningún entrenamiento específico, porque ¿cómo entrenar para una prueba así? Dos semanas antes, mi retirada en la TDS no auguraba nada bueno, pero como ya me había repetido mil veces, el TDG es otra cosa. Así que el sábado 10 de septiembre tenía una cita en Courmayeur.